LIBRO FUGA DE AMOR A BRASIL, por G. Jovialiste (Dr. Eduardo Brieux Clement). Novela humorística corta.

 

 

 

“FUGA DE AMOR A BRASIL”por

Grand Jovialiste (Dr. Eduardo Brieux)

Divertimento

Dividido en ocho partes

Junio de 2005

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Inscripto como Propiedad Intelectual

en la

DIRECCIÓN NACIONAL DE DERECHOS DEL AUTOR de la REPÚBLICA ARGENTINA,

con el Número de Expediente 99.128/2005.

En consecuencia, se halla protegido por los Tratados Internacionales, y por las leyes respectivas que rigen en materia de los derechos Intelectuales en todo el mundo. Es propiedad del autor.

Autorizo la reproducción parcial o integral por cualquier medio de:

“FUGA DE AMOR A BRASIL “,

con la condición “sine qua non”, que el texto transcripto sea una copia fiel del original, y que lleve la mención del nombre y apellido del autor, además del seudónimo literario Grand Jovialiste.

 

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Cuento cómico picaresco anterior

“AMOR A PRIMERA VISTA”

por Grand Jovialiste

Novela humorística corta anterior

“EL AMOR QUE VIAJA EN MAIL”

por Grand Jovialiste

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“FUGA DE AMOR A BRASIL”

Epígrafes:

“PERO QUERÍA QUE TÚ FUERAS MI MARIDO.”

De ” UN VIAJE A VETUSTA”

Por ROSA MONTERO

en

“AMANTES Y ENEMIGOS” (Cuentos de parejas), Ed. Grupo Santillana de Ediciones S.A., Buenos Aires, 1998.

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“Dos personas exteriormente separadas; pero unidas en sus corazones. Sus posiciones en la vida los mantienen separados.

Se levantan entre ellos muchos obstáculos e impedimentos que los entristecen…. ”

Comentario al pie del hexagrama Nro. 13, línea 5, del “I CHING”, LIBRO DE LAS MUTACIONES, versión por RICHARD WILHELM, Trad. Al castellano por D.J. VOGELMAN, con un Poema para esta edición de JORGE LUIS BORGES, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1956.

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PARTE I

Desde los diecisiete años que salgo con damas. Desde entonces han caído lluvias, y naturalmente, tengo algo más de edad.

A ella, este último detalle no pareció importarle. Mejor.

Porque, claro, uno se mueve hacia el término fatal, un buen día se muere. Lo recoge el sepulturero.

Y a pasarla bien: ¡Amantes, gustos, viajes, lujos, o lo que fuere, el juego de la canasta a diario todas las tardes o noches!

¡Pero no siempre sucede de tal forma. A veces el difunto posee, o genera deudas, las que hay que pagar; y se comen el resto de lo poco que aún le quedaba! ¡Jajajajá!

Por fortuna, no estábamos emparejados, ni siquiera casados con los santos óleos, ni con cualquier otro ritual.

Tampoco, nos habíamos acostado a contemplar el cielo más que en un santiamén, o sea unas horas escasas.

Pero era un amor intenso a primera vista. ¿Para quién? Claro que para mí.

¿Quién es el tonto en una relación de pareja, sino el varón que suele ir en serio?

No obstante, aunque nos juramos amor, éramos amigos desleales.

Uno de ellos – yo – sin importarme un comino su pasado, con un deseo irresistible de transformarme en novio, o en pareja para el resto de la vida.

En tanto, ella pensaba en qué vestido se pondría para salir esa misma noche con otro viejo o nuevo esclavo de sus encantos.

Y nos conocíamos desde hacía muy poco.

¿Amigos? Yo era el amigo. La falsa, no.

Recuerdo aquél sábado.

El día anterior, el viernes a la noche (Una noche propicia para los encuentros furtivos, demorados durante la semana laboral), , la llamé, y – cosa rara, ahora que lo pienso – me atendió el teléfono.

_ ¡Ah, sós vos! – su voz se me antojó distante.

Hasta me repercutió a fondo en la helada profundidad del alma que no tengo, es prestada de un gemelo.

Pues además, si desde ya he de decirles la verdad, porque percibí un feo matiz despectivo que olía a cierto desprecio. Y soy un sentimental puro con una autoestima excelente.

En consecuencia, me apuñaló. Y sentí un dolor intenso, e indefinible en mis entrañas.

(¿A quién esperaba? A otro. De los varios que – sin fundamento concreto – sospechaba que seríamos. Pues algunas mujeres me la han jugado en contra, y ya pasé por lo mismo varias veces).

_ ¡Sí, mi amor! – no obstante, le respondí.

Sintiendo ese sentimiento maravilloso, que por sí solo vale oro puro, aunque no por la calle Libertad, pues allí no te dan por él ni siquiera una monedita de aleación de níquel.

Y reprimiendo, a duras penas, mi sufrimiento íntimo, añadí amable y solícitamente:

– Te llamo para saber como te encontrás (ºººº_ Soy un gran tipo, siempre pregunto por la salud del otro u otra).

Respondió de manera impropia:

_ ¡Mal! ¿Cómo querés que me halle?

Me duele la garganta. Acabo de tomarme la fiebre; tengo 35º 8; no es normal. ¡Treinta y cinco grados sobre el cero! ¡Estoy asustada! (No conocía los guarismos de una fiebre alta, o se habría olvidado).

Comenté, con desenfado aparente:

_ No es mucho… –

¿Para qué lo habré dicho?

Saltó, como una gata irritada, y me echó el primer zarpazo directo hacia las orejas de mi alma que comenzaron a sangrar congojas:

_ ¡Para vos, que con esta temperatura no estás en mi piel!

_ Entonces, te tendrías que acostar – le aconsejé sanamente.

Ahora, recién me percato: ¡Qué torpeza! Casi como si fuera un marido. Uno de esos guardianes eternamente burlados.

De esos especímenes con aspiraciones a la permanencia en la imposible titularidad del dominio de una mujer.

Que creen poseer derechos para impartir sus órdenes maritales, que ellas fingen cumplir torcidamente, y al pie de la letra errada, pues son rebeldes por naturaleza.

Pero yo sigo siendo aquel niño de otrora, y deseaba que me dejara acompañarla para compartir el calor de su lecho. Para poder prodigarle los primeros auxilios. Y para brindarle algunos otros personales. ¿Ustedes me entienden, no?

Ella, me aclaró, por si las dudas:

_¡Por supuesto, qué me voy a la cama….!

ººººº_ (¿Sóla? – no pude menos que pensar; pero me callé, e hice como que me lo creía) –

Agregó:

_ Ahora mismo, y me voy a quedar en cama todo el fin de semana.

A renglón seguido, dió una explicación que se me antojó innecesaria:

_ Ésto tiene para rato. Cuando a mí (recalcó “a mí”), me agarra una angina (carraspeó rurrrrrr (¿Me gruñía?)), no se me va así no más. –

Y con firmeza, dispuso:

_ ¡No me llames este fin de semana!

Cada vez que suene la campanilla del teléfono -aclaró – no me voy a levantar de la cama para tomar frío, y luego sufrir recaídas fatales, por culpa de un cretino (me remató).

_ ¡Sí, claro querida! – me oí mi voz, como de otro, aunque me salió la mejor que dispongo del amplio repertorio hipócrita.

Y concluí asertivamente:

_ ¡Te llamo el lunes, amor mío! ¡Cuídate mucho del sida, y que te mejores!

_ ¡No es sida, sino angina rurrrrr! ¡Hasta el lunes!

Pero tuvo un instante de piedad que la vendió.

En el fondo, era una muy buena persona; pero no mejor que nosotros los machos de esta generación que las degeneramos.

Agregó, con una pizca de conmiseración, esta delicadeza:

_ Perdóname; pero me siento mal. –

Y colgó el tubo del teléfono, bendita sea.

ººººº_ ¡Así que con ésas teníamos!

¡Qué desgracia! No estaba enferma.

Que un cornudo le crea a una mujer….. No yo, Pedro Cabeza de Cuernos.

¿Yo? Un veterano en las lides amorosas.

Cualquier otro día puede ser que le hubiera creído, pero muy allá lejos en el tiempo, cuando era un mocito de veinte años.

Puede que sí, que a todas les creyera en ese entonces, las mentirillas habituales a que nos tienen acostumbrados.

Ahora ya no. Ya pertenezco al mayor club mundial en afiliados involuntarios, el de los cornamentados; gracias niñas.

Recuerdo que no sospeché lo peor, sino que fue como que lo supe, poco importa cómo. Cosas mías, facultades que tengo para fisgarme.

Pero era la misma técnica de la mentira; la falsedad femenina que tanto conocía de una anterior relación con una mujer engañadora, mi propia madre.

 

Vean, si no es así:

Me dio a luz, y fue en una noche oscura, me dio el pecho y no la leche, me dijo que me daba un bife y a diario fueron muchas bofetadas.

 

Pero luego reflexioné, creo que con cierta sabiduría que me viene de ser uno más carne de pueblo:

ººººº_ Élla se va a ir con alguno para pasar el “week end” fuera de la ciudad.

¡Era inevitable! ¡Una dama tan bella, no iba a permanecer sola en la urbe, desperdiciada todo el inminente fin de semana! Alguno se la tenía que comer.

Caía como un fruto maduro del árbol de mi vida de adulto. Puesto que toda ella se merecía:

No solamente un homenaje semanal, sino continuo.

Y por la radio, para esos feriados lindos, habían anunciado como era rutina:

“Probabilidad de tiempo variable e incierto, todo el sábado con repetición de chaparrones fuertes, mejorando el domingo luego de las inundaciones, aunque posibilidad de otras tormentas eléctricas y nuevas lluvias hasta entrada la noche del domingo.”

No obstante, estaba el informe para la semana laboral, o los siete días de huelgas que se aproximaban:

“¡ALERTA METEOROLÓGICO! :

Tiempo excelente con cielo despejado y sol para el día lunes, y buen tiempo para trabajar el resto de la semana.

Pronóstico adelantado para los próximos fines de semana: Tormentoso, Lluvioso, y ventoso. Recomendación del Pronosticador:

Vayan al cine, o aprendan a nadar.”

Las quintas de los alrededores de la gran ciudad de Buenos Aires, eran lugares propicios para los encuentros de amor.

Lástima que hubiera vendido mi campo Los Cardales de Bichos Colorados.

¡Suerte! Pues si no, ella en vez de disfrutar de esa gimnasia con otro, lo hubiera hecho conmigo. Por otra parte rascándonos de lo lindo.

Los sábados y los domingos, por la ruta, acompañadas por algún hombre, a muchas damas las veía pasar en autos modernos, y en ocasiones en un modelo de años idos, rumbo a un nido campestre de amor.

Eran parejas que buscaban un sitio recatado donde amarse bajo la mirada del cielo, o de la de operadores remotos de tele cámaras de satélites orbitales.

ºººººººººº_ ¿Qué están haciendo esos latinos? ¡Por favor! ¡Otra vez más! ¡Jim, No lo puedo creer! ¡Es todo el día! ¡Qué fogosidad!

¡Aquellos investigadores de los espacios ajenos debían estar hartos del mismo espectáculo semana tras semana!

Entonces, me dije para mí, que no le iba a dar el gusto de timarme amorosamente de tal forma sabida y odiosa.

A mediodía la llamé por teléfono, que por supuesto no atendió nadie.

En ese instante, en su casa no había más que una polilla en un armario,

algunas cucarachas caminando por el piso de la cocina,

varias moscas volando en interminables círculos en el centro de todas las habitaciones,

y dos o tres mosquitos en la atmósfera húmeda del baño.

Pero, no estaba ella.

No sabía de mis dotes psíquicas; aunque creo que se lo había contado.

Supongo que habría pensado sensatamente que yo era otro chanta de los tantos que se hacen pasar por videntes, para intentar enganchar con las mujeres crédulas o propensas a engullirse embustes.

No me creyó que disponía del poder de la visión del tercer ojo.

Bueno, no hay que culparla.

Ser vidente, es algo tan raro y extravagante, que ni yo lo creí, hasta que se me otorgó la visión remota de nada.

A través de aquellos ejercicios realizados perseverantemente con devoción inocente día tras día durante treinta años seguidos, o tres décadas sucesivas. Elige una de las dos, que las escribí para que puedas optar.

Un día, sorpresivamente, sobrevino la experiencia extraordinaria de quedarme ciego un rato. Me asusté, claro.

 

Se abrió el chakra de la frente, un granito con pus; y dispuse a mi antojo de un poco del conocimiento que proporciona el tercer ojo: No ver nada.

Algo muy excitante, según los libros sobre temas esotéricos, y Swami Kataputongo.

Además, cuando ponía mis ojos en blanco hacia arriba, podía ver lo que estaba sucediendo respecto de algunos otros asuntos de mi interés como el estado de mis pestañas superiores.

Aunque, no siempre.

Luego, corroboraba la validez de lo entrevisto, mediante el concurso del valioso oráculo del Libro de los cambios, que me contestaba sobre mi persona:

“¡Oculto dragón! Cuídate; no le hables.”

Antes de continuar adelante con esta historia que cuenta cosas para atrás, debo confesar que mi defecto mayúsculo es ser cariñoso. O – según se considere – mi virtud mayor.

Eran las once clavadas en el reloj de un café (¡Quién puede ser el loco que clava las horas!), cercano de su casa, cuando la llamé por teléfono.

Nadie atendió el llamado.

¿Habría concurrido al médico?

A la media hora insistí, a la hora realicé dos llamadas seguidas, a las dos horas y media ya era imposible que no estuviera de vuelta en su vivienda.

Por lo tanto fui personalmente, y apreté el timbre llamador de la puerta.

Oí que adentro sonaba la campanilla.

Luego repetí el toque del botón, reiteré más tiempo los avisos, persistí en continuado, perseveré por instantes, machaqué, me obstiné, hasta que saltó el botón de su nicho, entonces dí fuertes golpes de puño en la puerta de madera.

Grité, una y mil veces: ¡MABE! ¡ABRÍ, QUÉ SOY YO! ¡BASTA BEMA! ¡ABRÍ DE UNA VEZ, O TIRO LA PUERTA ABAJO!

Salió el vecino de al lado con cara de susto. No era Mabe. Tampoco Bema.

_ ¡No está, y no hay nadie en ese departamento! La muchacha que vive allí, se debe haber ido por el fin de semana.

_ No, si está enferma – le aseguré, sabiendo que no era así.

_ ¿Enferma?

_ Bueno, con fiebre.

_ No sabía. Ví, que la vino a buscar el novio.

_ ¡Yo soy el novio!

_ ¿Usted, el novio? – Puso cara de incredulidad –

Y me preguntó:

_¿No era ése?

Entonces…:¿Quien es?

¿Uno gordo y calvo, un señor que tiene una Mercedes?

_ Será el jefe… – le respondí, sintiendo que el individuo era algo más íntimo.

_ Jefe o no jefe, yo qué sé, se fue acaramelada con él del brazo. Y no creo que regrese hasta el domingo a la noche.

Porque muchos fines de semana salen juntos, y se besan como dos tórtolos. Ella, me ha pedido que le mire el departamento.

Y si ocurriera algo raro, que no dude en llamar a la policía: ¡Ya la telefoneé!

Escapé, lo más rápido que pude.

Me dí vuelta, y ví que el vecino me observaba con incontenibles risitas entrecortadas. A lo lejos oí que se acercaba cada vez más fuerte una sirena ululante.

Conclusión útil : No se hallaba en la casa.

Pues claro estaría con el hombre grasoso, chancho, grueso. ¡Cochino!

¿Quién sabe quien era? ¡Qué importaba! No era mía, era de él. ¿De él?

De todas maneras, yo no tenía ningún derecho sobre ella, o sobre sus acciones.

Buenas, o malas.

No disponía de la libreta de casamiento, ni siquiera era su novio, apenas un amigo nuevo, tampoco un amigo novio, como creo que lo llaman al que en definitiva, la verdad: No es amigo, ni es novio.

Fue en ese momento que sentí un deseo desesperado de largarme a correr, de desfogar mis energías sobrantes, de irme de juerga.

Corrí sin sentido por la calle, pues no tenía el más mínimo apuro, con destino a mi casa.

LLegué en menos de tres horas pues vivía a pocas cuadras, cada una de varios kilómetros de largo pues por intervalos me detenía a llorar un poco y descansar.

Entré mucho más calmado en mi departamento, busqué mi caja de ahorros, y observé que había dinero más que suficiente para una visita y estadía de dos horas en Brasil.

Si ella era libre de hacer lo que quisiera, también yo. Pasadas las dos horas, pediría limosna por las calles, o ya vería.

No debía rendirle cuentas de nada, tampoco del dinero extra que me diera la gente, o que pudiera conseguir.

No había nadie, entonces me robé el dinero de esas reservas chicas.

Salí, y detuve un taxi.

Me fui a la agencia de pasajes de Aerolíneas, y adquirí uno en avión para el vuelo de las 21.00 para Recife, ciudad que siempre había deseado visitar. Ahora, era la oportunidad para llevar a cabo ese plan estupendo.

 

Volví a mi vivienda, preparé mi valija para irme, y cumplí la rutina del caso, controlar que todo estuviera bien: Enchufada la heladera, y todos los aparatos eléctricos.

Con todo, dí una última vuelta por todos los ambientes, y:

Corté con una sierra la llave de la corriente eléctrica,

la del gas,

las llaves centrales del agua caliente y de la fría,

cerré las persianas a martillazos pues se resistían, para que no llegara a entrar agua en caso de tormentas, y las ventanas las até con soguitas para que no se metiera el viento si soplaba algún ciclón,

cerré la puerta de acceso con doble llave,

desde el nicho secreto exterior, activé las alarmas de seguridad,

tomé otro taxímetro,

y llegué con tiempo para hacer unas bromas al aeropuerto internacional de Ezeiza, pues desde hace años pertenezco a la organización internacional de los alegres “Practical jokers”, o sea de los estúpidos “Bromistas Profesionales”.

A un avión que estaba estacionado en la pista le desinflé las gomas, y se quedó en llantas; y aprovechando una distracción de un piloto miope, le escondí los anteojos.

Luego realicé todos los trámites de embarque, de aduana, los otros, y finalmente subí al avión comiendo pastillas de menta chasco, pues eran de naranja.

Puntualidad a la inglesa. A las 21 en punto anunciaron que nos pusiéramos el cinturón de seguridad; y la máquina comenzó a carretear por la pista principal.

Sin un piso firme debajo de mis pies, estaba como un angel de tierra camino del aire a Brasil.

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PARTE II

A mi lado, estaba sentada una señorita.

La miré de soslayo.

Era bonita.

La miré de nuevo.

¡Ahora, era muy bonita!

Cabellera al viento, color del pelo rubio oro, alta, quizás 1, 75 aproximadamente, tez blanca tostado, elegante, muy bien vestida, con un buen físico.

Justamente era el tipo de mujer que más me provocaba.

Debía contar con poco menos de cuarenta años, tal vez 39 para 40, o quizás 37 para 38.

¡Una belleza!

¿Belleza?

¡Bellísima!

¡Además, qué dos ya saben!

Parecía una distinguida modelo de París, salida de las mejores páginas ilustradas de la revista Gente, o del semanario Caras, con unos ojos azules de ensueño como los de una estrella de pantalla grande o chica.

No podía dejar de mirarla.

Era una preciosidad.

Me había impresionado, superlativamente.

Jamás, a mi costado derecho, había tenido sentada a una mujer tan esbelta, fina, y por cierto airosa, y grácil.

Y sería obligadamente mi compañera de asiento por más de unas horas, tiempo harto suficiente para hacer un levante. Para mi vida, sin duda histórico.

Noté que realizaba un mohín de fastidio, como molesta por mi atención excesiva, pues ladeó la cabeza divina, y una parte del cuerpo glorioso para el lado contrario del pasillo.

La cosa empezaba mal; pero no era para asustarse.

Qué les agrada nuestro acoso con respeto, y que seamos un poquitín, educadamente impertinentes.

Sobre el regazo vi que tenía apoyado un libro de poesías de Lamartine con el título:

“LAMARTINE – Harmonies Poetiques – POESÍAS”.

¡Poesías! ¡Del gran poeta Lamartine! ¡Justamente uno de los que me conocía bien!

Sin duda, se dispondría a leer apenas el avión estuviese en el aire.

Me atreví, y le pregunté lo obvio:

_ Disculpe. Seré curioso: ¿Son poesías de Lamartine? (ºººº_ ¡Qué pavo que soy! Le va a parecer, que soy ciego, o idiota).

No respondió con palabras, sino con un gesto de afirmación, y miró displicentemente hacia el frente como si yo, como si yo no existiese para ella.

Pensé:

ººººº _ ¿Una actriz, una “manequin”, una muñequita viva, una poupé? Mi Shirley Temple, mi Barbie, mi Marilú, mi Lilí, mi Chuckie femenina)

Luego, se me ocurrió preguntarme mentalmenteºººº_ ¿Será muda? -.

Y como me di cuenta que la podía estar fastidiando, giré la cabeza hacia la ventanilla e hice como que miraba; pero estaba todo más oscuro que mi cabeza cuando estudio, lo que es decir bastante.

El avión ya estaba en el aire.

Afuera era noche cerrada.

Por el rabillo del ojo, observé que ella, la diosa rubia, abría el libro, más o menos por el medio, donde tenía puesto un señalador con un corazón flechado por el amor.

Yo había leído esas poesías maravillosas del gran poeta.

Aclaro que es uno de mis dos preferidos, el otro oscila entre Bécquer o Ruben Darío. O tal vez Verlaine, o quizás Baudelaire, o Espronceda, o Zorrilla, o puede ser que Mallarmé, o Lugones, o quien saben quien, pues todos, todos me agradan, incluso Fulano de Tal, que no es mal poeta verdaderamente, excepto porque se come todas las s, y rima al revés.

No hacía tanto tiempo que había leído algo de Lamartine, puesto que lo releía a menudo, cada dos horas.

Sin embargo en ese momento no recordaba más que unos pocos versos.

Y se me ocurrió recitarlos en voz alta como para mí.

Entonces, declamé al aire como un árbol en otoño que suelta sus hojas al viento:

_ “El maestro aprende la justicia,

el esclavo la libertad,

el indigente el sacrificio,

el rico la caridad”.

 

La dama, dejó de leer, e inclinó la cabeza hacia mi, y los continuó:

 

_ “Un Dios creador, y padre,

en el que el inocente confía,

desciende hasta los mortales

llamado por la oración,

que a Él se eleva libre y bella”.

 

Y entonces ella, se dignó verme de otra forma , y me dijo:

 

_ Son bellos… ¿Verdad? Justamente, hace un rato los leí mientras estaba en la sala de espera del aeropuerto; pero usted no solamente los conoce, sino que los recuerda de memoria. ¿Es poeta?

_ No, no soy poeta (ººººº_Pero hago a las damas el verso como ninguno).

Le dije, entonces:

_ Permita, que me presente: Ingeniero Pedro Cabeza de Cuernos.

_ ¿Ingeniero?

_ Recibido en la Universidad del Vaquero Solitario del Lejano Oeste.

_ ¡Hubiera jurado que es literato!

_ No….

Lo que ocurre es que he recibido una educación muy esmerada y completa en España, en el colegio secundario de Burros, donde egresé con el más alto promedio de mi promoción, la que se conoce como la hornada perdida.

¿Usted, disculpe que le pregunte; pero es tan bonita, tan bonita (Puse los ojos en degollado), que no puedo dejar de inquirirle:

_ ¿Es alguna figura del espectáculo, o alguna modelo de una revista de moda?

(Ya sé. Debí decir “interrogarle”. Pero “inquirirle” hasta tenía un olor halagador a interés y reportaje. No negarán que suena más importante).

Respondió:

_ No. Soy médica. ¿Le parezco tan linda? Gracias, por el piropo, que no me merezco.

Pensé en una milésima de segundo:

(ºººº_ ¡Qué mentirosa! ¡Qué no se lo merecía! ¡Ése, y por parte baja, mil más!

Pues ya le había podido divisar mejor el cuerpo. ¡Y qué perfil de cara!

Me decía yo:

ºººº_ ¡Qué cabello! ¡Qué manos! ¡Qué piernas! ¿O son aletas de sirena? ¡Qué mujer!).

Le pregunté:

_¿Va a Recife?

Contestó:

_ Claro, todos los pasajeros vamos a Recife, el vuelo ahí concluye, y el avión vuelve a Buenos Aires.

Si lo sabías…. ¿Por qué me preguntás?

Pensé: ººººº_ (¡Me tuteó; ella me tuteó!).

Y me franqueé:

_ Doctora, porqué no me pareciste Brasileña, no tenés el tipo.

_ No, no lo soy.

Soy Argentina, nací en Bahía Blanca, y vivo en San Isidro; pero trabajo en capital.

Mis tíos residen en Recife, y todos los años para esta época voy a visitarlos una o dos semanas.

¿Y vos? – me preguntó.

_ El mío es un viaje motivado por una reciente pena de amor.

Estoy intentando olvidar a una dama; y además, porque siempre quise conocer a Recife.

Pero es la primera vez que visitaré a Brasil.

Me ojeó con mayor interés, y me manifestó:

_ ¿No conocés a Recife? – me pareció que se asombraba más de la cuenta.

Y agregó, mirando hacia el pasillo por donde pasaba el apuesto, y de moda boxeador Kid Mortaja:

_Es muy bonito.

ººººº_ (¿Quién? ¿Kid Mortaja, o Recife?) – me quedé pensando un segundo.

Pero ella, dijo entonces, siempre mirando el paso marcial de Kid Mortaja, aunque algo apresurado hacia el baño:

_ Te va a gustar.

A todos les agrada Recife (La palabra “Recife”, quizá sustitución de Kid Mortaja, le salió dicha con mucha sensualidad).

_Ya me encanta – y la miré a los ojos.

(Tal vez iba muy rápido; pero así soy yo, un apasionado. ¡Cuando amo, amo! ¡Y cómo amo! Ya lo mío era amor a primera vista, sin lugar a dudas. Y ya desesperaba por voltear).

_ Gracias – Respondió complacida, y sonriendo bajó un segundo la mirada (Kid Mortaja acababa de entrar en el baño).

Fue un gesto femenino como de pudor, pues había mostrado su bajos instintos al paso del Mortaja; pero no, tal vez era vanidad).

Agregó:

_ Vas a ver que también es un puerto importante del noreste.

Me informó:

_ El clima es algo húmedo, y aunque se la ha llamado la Venecia del Brasil, no lo es.

_ ¿Cómo te llamás? – la interrogué.

Me respondió:

_ Bárbara Calle Larrea de Barrio Saavedra.

Me estoy separando; pero aún uso los apellidos de casada.

Ya me acostumbraré a quitármelos como hago con los breteles (1) y con las bragas (2).

(1) Tirantes. (2) Bombachas.

Entonces, comenté:

_ También yo, soy separado; pero desde hace dos años estoy divorciado. ¿Qué tal?

Ahora, con mi ex esposa somos más amigos incluso que antes, y cada uno hace lo que más le gusta en la vida, que te imaginarás lo que es, y escribirse.

Ella, se interesó:

_¿Y ahora, entonces qué te ha pasado?

Le informé:

_ Que andaba con una nueva novia; pero la calentona se ha ido con otro.

Entonces, en un arrebato decidí cumplir con este sueño de conocer Recife, para tratar de olvidarla.

Ella observó:

_ Viajar es buena terapia para los males del corazón.

¿Y tu mujer anterior?

Creí prudente, aclararle un aspecto de mi vida anterior:

_ Te cuento, antes algo.

Y le relaté uno de mis varios secretos biográficos:

_ Escucha: Tuve ocho hermanos, yo soy el menor.

Mi padre era un déspota familiar, un hombre autoritario acostumbrado a mandar gente a la usanza antigua, o sea militarmente en la esfera civil.

Era un opresor dentro de su propia familia.

Gobernaba como un tirano el círculo íntimo; y no admitía oposiciones, ni contradicciones.

No, no era malo.

De hecho nunca nos faltó nada material.

Claro que sí ciertas exquisiteces diferentes o fuera de estación, a veces toda la semana comíamos caviar o salmón a la gran bonete; pero sí se notó la ausencia de algo esencial, el rebenque, perdón, el afecto, y especialmente para algunos de sus hijos un trato justo.

Se imponía mediante el uso y abuso de la violencia familiar.

Para los de afuera, él pasaba como un muy buen vecino, un ciudadano excelente, un hombre trabajador….

Honesto, recto, culto, y créase o no:

¡Excelente padre, ciertamente! ¡El más preferible de todos! ¡Ah, qué padre! ¡Superior! ¡Inolvidable! ¡Jamás tuve otro mejor!

Solamente con algunos de sus hijos, se manifestaba un amo, esclavista, castigador, humillante, y detestable ser humano, ya que a diario (y siempre), se hacía odiar intensamente por nosotros que lo amábamos mucho, los menores, los maldecidos, los excecrados, los otros.

Y aún hoy, no sé, no entiendo porqué en su incomprensible justicia fue muy injusto conmigo, y con otros dos de mis hermanos.

Aunque tengo mi teoría, pues era de Libra, y no siempre los resortes de una balanza funcionan con la equidad que la debería caracterizar.

Se desnivelan, tarde o temprano. Por más que sean controladas por Balanzas, Pesas, y Medidas del Gobierno.

¡Para él, no fuimos tres hijos más, sino tres ovejas negras difíciles de teñir de blanco ni con auxilio de tintorería!

Mira, efectuó una separación dolorosa entre los hijos mayores, maravillas de su creación, y los menores, para él unos divinos engendros, ya que eran sus hijos.

Pero ciertamente unos malos polvos a los que trataba de manera severa, y hasta aborrecible.

Ella, tal vez cansada de oír un rollo tan extenso e intenso, me dijo doctoralmente:

_ Ejem….Parece una situación afectiva de doble vínculo, con una comunicación esquizófrenica larvada …

Dices que con unos hijos era de una manera, con los otros de otra.

Hum…

Entonces, diría que semeja a una personalidad doble, aparentemente sana a los ojos de la sociedad; pero no; sí, no, no, sí, dividida y enferma en su interior.

Sobre este tipo de pacientes ha efectuado estudios el Profesor Investigador Dr. Gregory Bateson en el Hospital de la Dirección de Veteranos de Guerra, en California, en Palo Alto, donde estuve internada… diría donde realicé una residencia…. encerrada varios años en el pabellón de enfermas peligrosas de cuidados especiales.

Respondí:

_ Doctora, no era alto, ni tampoco tan flaco como un palo; pero me acabás de referir algo que nadie antes jamás me dijo después de mi nacimiento. ¿Qué especialidad tenés?

_ Yo soy médica sexóloga.

_ ¿Sexóloga? – ¡Quedé atónito! – ¿Y atendés en consultorio normal? ¿Sin colas de varias cuadras?

_ Claro, en Buenos Aires.

Se me ocurrió comentar (¡Ya me atacaban los malditos celos!):

_ ¿Tus pacientes deben ser todas mujeres, no?…

Me respondió:

_ No, muy por el contrario.

La mayor parte, te diría… que casi la totalidad, te diría… son hombres.

Aunque, tengo sí una paciente, te diría lesbiana.

Exclamé:

_ ¡Hombres! ¡La de chorizos… que verás! –

No pude evitar el comentario, con esa expresión espontánea pero tan vulgar, sinceramente soez, aunque bastante visceral, bueno qué voy a hacerle, así me salió de adentro.

Hizo un gesto de fastidio:

_ ¡Sí, hombres! ¿Qué tiene de extraño que una médica sane a quien fuere? ¡Hombres viejos, adultos, maduros, te diría jóvenes, adolescentes, púberes!

En cuánto a los ornamentos, estoy orgullosa de mi colección de fotografías de ellos, que es una de las más importantes del país, y tal vez del mundo entero.

Y observó:

_ ¿Qué hay con eso? ¡Como facultativa tengo que ocuparme todo mi tiempo de ellos!

Y no son feos de examinar… te diría científicamente.

Los hay de todos los tamaños, y colores, cálidos y fríos, poderosos y débiles, duros y fláccidos, rápidos y lentos, suaves al tacto y ásperos en el contacto con la mano, flacos y gordos, vacilantes y pujantes, activos y pasivos, cortos y largos, negros y blancos, parados y caídos, prometedores y cumplidores, paseanderos, trotadores, galopadores, caminadores, y corredores, alguno que otro olímpico, y lentos como tortugas pero persistentes.

 

Me dí cuenta que hablaba con una moderna sexóloga de verdad, ducha y suficientemente entendida en este asunto absolutamente académico, exquisitamente técnico, muy profesional.

 

Más que con un ser humano libidinoso; e intenté disimular mi prejuicio cultural heredado culturalmente de los ancestros.

Le continué relatando:

_ Durante años fuimos oprimidos.

Y de pequeños muchas veces separados de los otros hermanos mayores como si los menores fuéramos los réprobos.

En la mesa familiar, nosotros éramos reprimidos, obligados a callar, a permanecer circunspectos y en silencio, en tanto los otros hermanos disponían de libertad amplia para comentar, para reír, y para hablar.

Aún recuerdo algunos castigos físicos, o ciertas exigencias desmedidas.

Estas imposiciones, y aquel trato abusivo e injusto, me dejaron el alma marcada.

Mira, no quiero seguir recordando, porque escarbar recuerdos personales tan desagradables es feo, y lo que sale a luz todavía me angustia.

Ahora, mejor sería que no reviva, lo que es pasado muerto.

_ Está muy bien. De chico estuviste atrapado. ¿Y luego?

_ Conocí a la que luego fue mi esposa. Para escapar definitivamente de las garras paternas, me casé.

Sin saber lo que venía después. Que también ella era una opresora, versión femenina más suave y leve.

Hemos mantenido este matrimonio durante dos décadas.

Pese a las reyertas, a los conflictos, a las desavenencias, y hasta a la misma violencia, más de su parte que de la mía, por lo que el costo de los platos rotos lo partimos en partes iguales.

A veces, ella fue quien me cascó. ¡Y tuvo que pagar lo que rompió!

Y hay que reconocerlo, merced a que le toleré bastantes cosillas propias de una personalidad exquisita mezcla extraña de soberbia y de sencillez.

Así como de su tornadizo y a veces mal carácter, de su temperamento irascible y en períodos calmo, de algunas mentirillas menores y no, y porqué no lo voy a confesar:

No todo fue negativo, ni mucho menos, también hubo muchas cosas buenas, como la vez que me obsequió un pasaje para que me fuera a las antípodas varios años, y la dejara por fin sola, y en paz.

En especial algunas de las mejores dulzuras de la vida conyugal, pues era una leona, y me devoraba; ves, me faltan dos falanges (Y escondí las dos más chicas del dedo meñique; qué farsante).

_ Bueno; pero te dejó intacto el lindo de abajo (¡Lo calificó sin conocer, algo no muy científico de su parte).

Yo no dije nada, y continué, embalado con mi historia, aunque la doctora bostezó varias veces:

_ Finalmente, resolvimos separarnos, cuando ella un día se enamoró de otro que le chocó el auto y le rompió el…. el frente trasero…

_ ¡Buah……..!

_…. Con ese (o ya de antes), me debe haber hecho cornudo, pues se ha emparejado luego de la separación…

_ ¡Buaaaaaah!………. Así, que esta es la prehistoria de tu visita a mi Recife.

Y la historia, es la otra chica.

Bueno, como profesional, y como mujer (me miró todo entero, la descarada), diría que has tomado una buena resolución en escapar de tus problemas y en alejarte, en viajar.

Porque diría que Brasil es maravilloso.

Vas a tener muchas cosas para contemplar, y para distraerte no solamente diría que las garotas:

Playas como la de Boa Viagem, con casi cuatro kilómetros de extensión,

el distrito de Sao José,

la capela Dourado en la rua de Imperador,

el patio Sao José,

la praca do Carmo,

y diría que muchas otras atracciones, o puntos de interés.

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PARTE III

ºººº_ Parecía una guía de turismo, y no una sexóloga.

En ese momento el avión descendió de improviso como mil metros. Un pozo de aire, interminable. Ella interrumpió la descripción turística, y ambos, quedamos mudos sin aliento.

Exclamó:

_ ¡Estoy sin aliento! ¡Dios, pareció que era el final!

Y me hizo una confidencia íntima:

Creo que me hice en la bombacha, y diría que algo me oriné la pollera, voy al toilette….

Se levantó de su asiento, y se fue rápidamente en dirección al baño.

Menos mal, porque ese olor me levanta el estómago. Soy algo delicado en cuestión de aromas.

Sobre el asiento se había dejado el libro de Lamartine, y la cartera de mano.

Miré que se introducía en el baño, y aproveché para tomar el bolso, y abrirlo, nada más que para curiosear.

¿Qué había?

¿Quieren saber? ¿Sí?

En el primer compartimento: Un lápiz labial, una polvera, un peine, un espejito, otro espejito, otro espejito más, un espejo mediano, otro espejo mediano, unos documentos, algunos pesos, muchos reales, y más, más dólares.

En el segundo compartimento: ¡Un espejo más grande! ¡Otro espejo más! (¿Qué le pasa? ¡Evidentemente se halla bonita!) ¡Y otro espejo, éste con marco!

Abrí uno de los documentos, y tomé nota del nombre….:

¿Silvia Bella Vista de Juliao?

Memoricé el nombre y el número de su domicilio, y miré la foto, que coincidía efectivamente con la cara de la supuesta Bárbara.

Cerré algo precipitadamente el bolso. Sentía miedo que me sorprendiera.

En eso, el avión hizo otro descenso; pero un poco, no más.

Estaba azorado. Era una mentirosa, una simuladora, una fingidora.

Tal vez una médica falsa, y una sexóloga impostora.

¿Por qué me había mentido? ¿Qué se traía entre manos?

Observé, que volvía del baño.

Y ahí fue el final de todo.

De improviso, se encendieron todas las luces rojas de peligro, y se oyó a uno de los pilotos que por el altoparlante de la cabina avisó a los pasajeros con una voz estrangulada por un nudo en la garganta:

¡Señores pasajeros, su atención por favor! ¡Su atención por favor!

¡No hay tiempo que perder!

El partido está por comenzar….¡Perdón! Se ha producido una pequeña falla técnica en los motores.

La máquina debe descender.

NO SE ASUSTEN. TODO ESTÁ BAJO CONTROL.

¡Abróchense ya los cinturones de seguridad! ¡Pongan sus cabezas y sus manos entre sus piernas!

¡NO SE ASUSTEN! ¡NO HAY MOTIVO DE ALARMA! Recen, para distraerse.

REPITO: ¡NO HAY NINGÚN MOTIVO DE ALARMA! Todo anda muy bien. ¡Excelente!

Trataremos de aterrizar sobre las copas de los árboles de la selva.

Dios te salve María, llena eres de….

Y prácticamente comenzamos a caer en una picada vertiginosa.

Por suerte, el cinturón me retenía al asiento; pero no ví más a la dama, que no sé hacia que pantalón se habría deslizado por la pendiente del pasillo, si hacia el del piloto, el del copiloto, o el del Ingeniero de vuelo.

Pasaron unos pocos segundos, y caímos obviamente sobre árboles….Se oyó como un rugido fenomenal, un crepitar de ramas que se quebraban…..muchos gritos humanos, y de pájaros asustados …..y como si la cabina se partiera en dos o en tres: ¡zas! ¡CRASHHHHHHHH! ¡PA! ¡TAPUM!¡PUM!

¡PUM!¡PIF!¡CUCUMMMMMM!

Algo habría explotado. Un sinfín de otros sonidos indiscernibles.

Por tantas disonancias, perdí el conocimiento por un tiempo indefinido.

Me desperté escuchando ayes ahogados de dolor de pasajeros heridos entre otros sonidos nuevos, raros, por mí nunca oídos.

¿Y risas?

¿Risas luego de una tragedia?

Parecían aninales. ¿Habría hienas en Brasil? Nunca, jamás habia escuchado que hubiera hienas en la selva Brasileña.

Caramba, Brasil no es África.

¿Sería algún pájaro de la selva?

¡De noche, no suelen cantar!

Se reían. Eran risas, no tenía ninguna duda.

¿Pasajeros?

¿Soñaría?

¿Serían alucinaciones?

No se veía nada, nada, estaba oscuro.

Transcurrieron unas horas, al parecer me era imposible moverme, pues el avión aunque lo suponía oblicuo estaba un poco en posición vertical, pensé posiblemente semi hundido de trompa.

Debía aguardar que se hiciera de día.

Por otro lado, me inspeccioné en todas mis partes, estaba completo.

Nada me dolía, únicamente que me sentía colocado en posición vertical, retenido por el cinturón de mi butaca.

Me dormí de nuevo, o caí en una especie de sopor defensivo.

Luego desperté cuando ya se fue haciendo la luz.

Observé que la cabina estaba partida por la mitad.

Efectivamente, estábamos en plena selva, pues ahora podía ver el verde de la vegetación.

No era solamente un verde, eran una multitud de distintos tonos y matices, oscuros y claros, viejos verdes, y de los otros.

Allá lejos en la copa de un árbol se veía algo que se movía, quizás fuera un mono. Seguramente, aunque yo estaba en el avión.

Giré la cabeza, y pude observar que al parecer había otros pasajeros vivos; y lo más notable, parecían tan completos y saludables como yo.

Me gritaron desde otra butaca allende el pasillo:

¡Por fin, también usted ha despertado! ¡Otra vez , ponga despertador!

¡Pero no se mueva, hasta que el comandante nos saque a cada uno de nuestros asientos como dice el reglamento, o nos de una banana como dice el código de la selva!

¡Estamos todos vivos e ilesos, excepto por algunas heridas menores en los brazos rotos, pedazos de piernas, o cabezas sueltas!

¡Es un milagro!

Ya el segundo de a bordo avisó del accidente a Brasilia por un megáfono y por la radio de la aeronave.

La aviación militar ha emprendido las tareas de localización de la selva, que aseguraron por T.V. que figurará en el próximo mapa, y de rescate de esta aeronave siniestra, perdón siniestrada.

Allá, en otro extremo de la cabina, pude ver a Bárbara, en verdad Silvia, que con la mano me sopló un beso.

Me sequé el salivazo, y gritó algo que no logré descifrar. Sin embargo, sonaba a alegría, pues ese gesto significaba:

¡Estoy viva! ¡Sana y salva! Lo único triste es que: ¡Ahora nadie de mi familia va a recibir el beneficio del seguro de vida!

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PARTE IV

El Comisario de a bordo, trepando como un mono por las butacas, logró llegar hasta mi asiento de gorila, y liberarme de mis manos y ataduras, que cortó con un machete.

Luego, me indicó como debía descender por el pasillo inclinado hasta una abertura, y bajar por una escala que habían puesto para que los pasajeros tomaran contacto con tierra, y la contaminaran con detritos humanos.

Llegué bien, al suelo, donde pisoteé los pastos. Bueno, no es un acto ecológico del que me enorgullezco.

Después, me alejé cincuenta metros, hasta un claro donde ya estaban la mayor parte de los sobrevivientes, ajusticiables futuros por el cruel destino, pues a cada uno, algún día le llegará su Sin fin.

Cuando todos estuvimos en tierra, Bárbara o sea Silvia, también estuvo a mi lado. El comandante de la aeronave, nos hizo formar un círculo, como para jugar a la ronda, y comenzó a hablarnos de esta manera:

“Señoras y Señores Indios, Señoras y Señores, y Animales de la Selva que como los loros puedan entenderme:

Todos nos hemos salvado de la catástrofe.

Los que estaban en la máquina, y los que estaban abajo donde cayó.

Ahora, y hasta que llegue el rescate, ya sea en helicóptero o por tierra, debemos cuidarnos de dos peligros de esta zona:

1) Ahhh… Las picaduras de serpientes, de arañas, o de otros bichos venenosos, y especialmente de las mordeduras de los perros de vecinos.

2) Uhhh… De nosotros mismos.

Entre A y U, todos podremos hacer lo que se nos cante.

Estoy seguro que pronto nos adaptaremos.

Que por primera vez en la vida podremos disfrutar las emociones propias de la vida salvaje de una selva.

Entretanto, para ir aprendiendo, nos iremos aventurándonos fuera de la vista de los otros integrantes de nuestro grupo.

Si somos prudentes, tendré grandes chances de retornar indemne a mi hogar, y vosotros a la civilización, como una manada de hombres leopardos.

Los animales no suelen acercarse donde perciben grupos grandes de seres carniceros hambrientos.

Los tripulantes estamos ampliamente preparados para atender emergencias como la que estamos viviendo, pues hemos realizado muchas veces varios cursos en internet, y prácticas de computación.

¿Alguna pregunta?”

Levanté mi mano.

Y hablé por el estómago:

_ ¿Qué vamos a comer hasta que vengan?

El comandante se sonrió:

_ ¿Qué? ¿Tienen apetito? ¡Buena señal! Ya las dos azafatas están acomodando dos deliciosos mini pastelillos que sobraron de la última merienda en unas grandes bandejas para que los cien desayunemos a dieta como en casa.

Disponemos de esas provisiones para esta mañana, y de bebidas para algo menos, pues con este último trago entiendo que se nos han acabado (Se apresuró a tomarse el vaso entero de agua). ¡Ah, estaba buena!

Luego, veremos.

Yo fui zapatero antes de pilotear aviones caídos. Al que se le rompa el zapato, se lo arreglo. Son quince reales la compostura mínima.

La selva no es un desierto. Hay yuyos y hojas comestibles que los insectos comen, mosquitos fuentes de proteínas que en caso necesario se pueden machacar y masticar, flores que liban las avispas. ¡Avispas, qué bueno! Y llueve.

Lo interrumpí:

_ Comandante: Generalmente los mosquitos transmiten enfermedades graves, y las hojas de las flores tropicales son alucinógenas, o tóxicas.

El hombre se fastidió por mi comentario que consideró impertiente:

_ Recuerde que hice un curso de supervivencia en internet, no lo olvide.

Que si no las sé reconocer, ya Dios nos ayudará de alguna otra forma para entrar al otro mundo – (Y se rió; creo que por chalado).

Y amigos, cuando llueva recogeremos las gotas de agua con las bocas, lo que ciertamente me parece más divertido que con las lenguas.

Repito (Me miró fijamente, o quizás contemplaba a Bárbara) : Hace un año hice el curso de supervivencia para superar bien situaciones como la presente en condiciones extremas.

Pero es probable que la selva nos liquide, antes que lo logremos con rencillas entre nosotros mismos.

Eso puede ocurrir mucho antes de que nos rescaten en unos momentos más.

Así que a no preocuparse, y a cuidarse que la nueva vida que se nos viene encima, sea en el infierno rojo, y no en este verde.

Eso sí, para levantarles el ánimo, les recuerdo que no estamos en un problema, y que nos hallamos disfrutando de una excursión campestre.

¿Habría yo escuchado bien, o era una broma?

Me sentía algo mareado. Me senté.

Bárbara, lo hizo a mi lado, con tan mala suerte que se le mojó la cola porque precisamente había un charco de agua.

Después, muchos le preguntaron si estaba descompuesta.

La espesura de la selva en algunos sitios parecía casi impenetrable, en otros no, había como pequeños claros con agua estancada donde volaban mosquitos. ¿Con malaria? ¿O con paludismo?

¿Serían los del dengue?

_ ¡Presente!

Todas esas hojas verdes, todos esos troncos, tanta madera podrida por el suelo, la vista del avión partido por el medio como cortado con un cortaplumas, los grupos de pasajeros aquí, y allá, tantas ramas y tanta maleza, los arbustos que crecían por todas partes, algunos insectos raros que volaban únicamente sobre mi o tal vez dentro de mi cabeza, otros que caminaban por la profusa vegetación en mi dirección, me daban la impresión de encontrarme inmerso en un cuadro naturalista, en un Delacroix americano.

Las horas pasaron bastante rápidamente comiéndonos las uñas a falta de algo mejor.

Mientras, estuve hablando con Bárbara, y con los otros pasajeros o sino con los otros pasajeros y con Bárbara. No, no variaba sino el orden, por lo que para cambiar este asunto resolví hablar solamente conmigo mismo.

La noche volvió, la noche terrible de una selva, cuando los animales saldrían a cazarnos a pesar de que pusimos un cartel suficientemente grande avisándoles que nadie estaba limpio, o recientemente bañado.

La oscuridad era total. No se podría leer.

Tratamos de descansar; alguien organizó turnos de guardias cada dos horas a cargo de otros.

Lo reconozco. Tuve suerte, pues por sorteo me adjudicaron el turno primero para dentro de dos meses.

Luego, podría dormir.

Me tiré sobre unos sacos – con los que habíamos improvisado camas para todos – para esperar mi turno de la guardia o de ser comido, y por lo menos entretanto dormitar un poco hasta las once de la mañana en que me podrían ya despertar.

Al rato, Bárbara se vino para mi sitio, y se acurrucó junto a mi espalda.

Sentirla tan cerca me turbó, y a pesar del cansancio, me impedía dormir, más que nada porque en la espalda tenía un garrapata, y era mía, solamente mía, no quería compartirla.

Reconozco mi egoísmo. Por esta preocupación, lo juro, no pude más, y me di vuelta; ella se abrazó a mi pecho, y me dio varios besos fogosos.

Al oído me susurró:

_Quererse en estas circunstancias es muy terapéutico, y un excelente tranquilizante para el sistema nervioso. Vamos, hagámoslo, dale. Que nos de el mal de San Vito.

Ambos estábamos vestidos, e ir en la oscuridad más lejos, era un imposible, y hasta un peligro para cualquiera que no fuese con disfraz de jaguar americano o de americano con un jaguar.

Me tironeaba del pantalón. Me urgía. De manera tal, que de todas formas y disimuladamente, lo hicimos por una abertura tamaño cañón, abriéndome camino entre las ropas, mojadas por lo que salió, o por el rocío de la noche.

Así nos dormimos sintiendo esa primera dulzura de amor selvático, perfume francés.

Durante la noche se oyeron muchos sonidos extraños. Alguno romántico.

¿Automóviles?

Fue solo un sueño en el escenario de una calle de ciudad, nada más.

Además oí sus ronquidos, sus suspiros, y hubo crepitar de maderas, ramas que caían desde la altura de los árboles vencidos por los años, gritos y aullidos desconocidos, dramas de animales.

¡Cuánta lucha por la existencia, y cuánta muerte de unos para que otros pudieran continuar viviendo sus vidas ociosas en sus oficinas de las ramas!

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PARTE V

Primero, se escucharon como un rumor lejano.

Después, advertimos el huir de los pájaros del follaje, de los monos de las copas altas, y de otros bichos que no pudimos identificar, y contemplamos el agitarse de los árboles.

Sonaron trompetas, y se oyeron aleluyas. ¡Eran los helicópteros de rescate!

No había un claro suficiente para que tocaran el suelo.

Por consiguiente, permanecieron en el aire, y del interior de los mismos descendieron canastas de salvamento para bebes.

No había ninguno. Por ello, de a uno, lenta y cuidadosamente, fuimos izados a bordo de alguna de las diez máquinas gracias a unas sogas para ahorcar que llevaban para una prisión.

Los pájaros del aire con sus hélices enormes perturbaban ese sector de la vegetación, por lo que varios loros y pájaros de la zona se quejaron por los ruidos desusados y molestos.

En tanto yo subía al aparato volante izado cogido del cuello, una flecha venida de no sé donde, pues no parecía haber indios por los alrededores, se clavó en la suela de mis zapatos.

¿Fue el comandante, un ex zapatero, que todavía permanecía en tierra hasta que el último de sus hombres y pasajeros fuera ahorcado?

Porque se oyó una voz que recordaba:

_ ¡Composturas en el acto, veinte reales!

Les aseguro que estos indios ya me estaban fastidiando un poco.

Nos llevaron hasta Manaos.

Yo volé en una avioneta fletado por el correo como un paquete postal desde Manaos hasta Recife.

Ocurre que en Manaos no quedaban pasajes para la costa hasta el año que viene.

No hubo otra solución más rápida y expeditiva para hacernos llegar en encomienda hasta Recife, y bárbaro con Bárbara fuimos lacrados y embalados juntos.

Fue un vuelo algo accidentado pues por los consabidos pozos de aire.

Si te vas para abajo, no tenés a nadie que te saque del pozo. Tenés que aguardar que vengan los helicópteros, y que te ahorquen con la soga de subir.

Aterrizamos dos veces en plena selva, llovía fuerte, lluvia de flechas, y un tercer descenso sucedió cuando el motor se detuvo en el aeropuerto de acá, y llovió: Aduana, Drogas peligrosas, Policía, e Impuestos Internos.

¡Nunca olvidaré este vuelo, y el día de hoy!

Pero ahora ya es medianoche, y acá ya es ayer, de manera que puedo olvidarlo mañana por la mañana.

¡Realmente el viaje fue un calvario; pero tan corto que igual deberé cumplir mi promesa de crucificarme apenas llegue a Buenos Aires!

Esta ciudad también es famosa por la belleza de sus mujeres, once de cada diez damas son feas, y las restantes mil son todavía aún mucho más feas, menos mal que las mujeres son varios cientos de miles más.

Por fin, fuimos depositados en una de las mejores partes de este país tranquilo, donde viven los pacíficos hombres blancos, amantes de las guerras, de las revoluciones, de las peleas institucionales, sociales, laborales, culturales, conyugales, en definitiva seres eternamente conflictuales.

En Recife, otra ciudad más, símbolo viviente del mundo contemporáneo.

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PARTE VI

Los chicos remontan barriletes. O cometas.

Y los grandes, las cobran.

Pero luego de un año pesado de trabajo de nuestras mujeres, y de producción de otros aún más mayores que nosotros en tiempos ya idos, efectuamos viajes de vacaciones para entrenarnos para los ocios siguientes en el año entrante.

O como yo, somos obligados a trasladarnos por circunstancias amorosas, penosas, espantosas para el carozo, o sea para nuestro corazón amante herido.

Hoy, he caminado por las calles de esta ciudad desconocida, de la que conozco tanto.

Ya estuve en las playas de Copamacana, de Hipoenema, y de Leblan.

Después de todo, antes que nada: ¿Qué importancia tiene cómo se llamen cualquiera de estas playas?

Un minuto, que me explico:

No vine a culturarme.

No es el mío un viaje de estudios.

Tampoco, de negocios.

Menos, uno costeado por la sociedad geográfica, por suerte para ella.

En verdad, es una fuga de una Argentina, y una evasión de mi anterior mismo diferente:

Es una fuga de amor a Brasil.

Tampoco, vine a pasear, y a conocer a Mulatiña, aquella garota adolescente con la que intercambié correo inflamado hace dos años.

Es madre soltera de nuestra nena postal de cuatro (el esperma viajó en un sobre), y además me ha contado que vive con un ahijadito de ochenta y ocho años en Olinda, otra ciudad cercana.

Un negro el doble de mi altura, con una musculatura de acero, y con un ceño capaz de asustar al mismísimo Barbaroña. ¿O se la lavaba y era Barbaroja?

Ahora, ya estoy en una playa soberbia, dotada de una arena preciosa, con una vista espectacular del Atlántico.

Oigo el rumor del mar; hacia tierra adentro lejos se divisa una colina verde con mucha vegetación.

Allí: ¿Habrá víboras? Nunca se sabe, aunque mis dos abuelas están bajo tierra en otro país.

ºººº_ Seguramente….que no deben faltar….

Tendré que preguntar antes de ir por esa parte….

Parece algo selvático….

Se ven en la playa muchas mulatas bronceadas, y yo en este mismo instante estoy caminando a mi encuentro con las olas del mar.

Las dejo atrás.

¿Parezco marciano, y no nacional?

De ninguna manera, bañándose en el agua está una Brasileña, divina, que me ha impresionado aún más que todas las otras, lo que ya es un milagro.

Pero a falta de saber decirlo en Brasileiro, van y vienen mis piropos mentales para tal cantidad de damas con tales exhuberancias, con tantos cuerpos magníficos que yo debiera haber nacido con cientos de ojos en el rostro. ¿Un monstruo?

 

Sin embargo, lo más importante de este primer día no fueron ellas, no, fue comer feijao, y farafa.

El que quiera creerlo, que lo crea.

Yo, no.

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PARTE VII

A la tarde hubo Tormenta, la cantante desde un disco C.D.

Xango es su santo, dios del trueno y de no sé que más.

Les cuento.

Estoy en una pousada cinco estrellas de una favela en un morro, en un claro se ven las tres Marías y otras dos estrellas desconocidas.

Es un sitio muy singular, pleno de barro, se accede por un sendero de tierra por donde corren aguas algo peores que argentinas.

Allí he conocido una Mare do Santo y un Pare do Santo.

Está bien. Paro.

Pero, no sin ratificar que Brasil es fantástico.

Luz verde. Sigo. En una avenida hoy vi una tienda de antiguedades.

De inmediato entré para ver algo nuevo, o algo moderno.

Pero me decepcionaron, me frustraron, con sus cosas de hace varios siglos.

Para consolarme, fui a la playa (que acá se convierte en “praia”), a bañarme; pero cuidándome mucho de los tiburones para lo que nadé estilo mariposa, porque sé que no se las comen.

Estaba en el agua a punto de ahogarme, ya me veía finado, y para desahogarme me puse a gritarme:

¡TIBURÓN EN EL AGUA!, ¡TIBURÓN EN EL AGUA! ¡TIBURÓN EN EL AGUA!

Y salí corriendo del agua.

 

Acá en Brasil, todo está algo caro, en reales, en dólares, o en Pelotas, si uno se halla en ese lugar distinguido por la poca ropa.

Los Argentinos que nos encontramos en estas lejanas playas somos todos vivos criollos.

Excepto cuando bajan algunos negros de los morros de las favelas (Villas miserias), y nos muestran que ya no somos vivos sino muertos, si no les dejamos las carteras, y las billeteras.

“Multo obrigado”: No significa muchas gracias, como se cree comúnmente.

Es todo lo que aprendí en este primer día, cuando me pusieron una Multa por acosar a una garota en un abrigo de la playa.

Hace un rato, esta noche, estaba caminando para conocer la ciudad:

¿Y a qué no saben con quien me topé al doblar una esquina sin ochava?

¡Nada menos que con don Chupete, que como siempre venía a contramano en sentido contrario!

De inmediato lo reconocí, o me reconoció, elijan lo que sea más creíble, y lo saludé con un:

_ ¿Cómo le va doctor Chupete? ¡Tanto tiempo!

_Bien, mi amigo – me respondió; y agregó – ¿Usted me conoce?

_¡Claro!- le contesté. ¡Soy su votante defraudado número 5.201.349!

_¿Ah, sí?

Entonces: ¿Usted no es Brasileiro?

Agregó:

Hace tiempo que no tengo el gusto que me vea un connacional correligionario.

_¿Y cómo doctor la está pasando en Brasil?

_¿Esto es Brasil?

_ Ah Recife.

_ ¡Arrecifes! ¡Ah sí! – dijo enmendando mi error, y añadió-

_¡Lindo, lindo Sr. Pelé!

_No, no soy Pelé.

_Seguro, seguro.

_ Entonces: ¿Por qué me creyó Pelé?

_ Porque tiene pelada la nariz por el sol. Bueno, me voy. ¡Le doy la mano!

_No. No mejor déjesela, vaya que la necesite.

_Para firmar de nuevo decretos sobre otros novedosos corralitos que se me han ocurrido. Bueno, me voy, un saludo a su padre.

_Falleció hace medio siglo cuando se enteró que usted había nacido, el hombre que empobrecería a su hijo.

_Bueno, lo siento mi amigo. ¿Puedo hacer algo?

_ No. Más de medio siglo después, ya es tarde. Mejor que no. Gracias, y adios.

_ ¿Y a mí, qué? – como es su costumbre saludó Chupete – y se fue para la fabulosa isla de Saint Martin.

El “pobre” – antes, entonces, y después de lo que le pasó – se da la gran vida para olvidar tal vez.

Espero que se haya ido para no volver.

Parece que tengo que estar en Brasil un tiempo más porque hoy el dueño del hotel pousada donde paro me dijo con una mueca cortándome la salida:

_¡Voce no te vas sin pagar la cuenta! ¡Ni con las toallas! Los jabones son de la pousada.

¿Qué quieren que le dije?

¡Enhorabuena!

¡Claro! Quiere que yo siga en Recife, y en Brasil!

Mañana me propongo retomar mis estudios de anatomía en una “praia” (playa), nudista cercana.

La verdad es que no sé si lo haré, porque pensar en todas esas mujeres soberbias con sus cuerpos desnudos, me da pena.

Tanta pena de que no tengan plata para comprarse siquiera un modelito en una boutique.

En estos pocos días de estadía en Brasil he logrado aprender portugués.

Me ha ido muy bien con el idioma, gracias a un librito:

“Voce aprenda a falar portugués en quince días” (Usted, no yo, aprenda a hablar portugués en quince días)”.

Pero no ocurrió lo mismo con otro librito que me traje, titulado:

“La electricidad al alcance de su mano”, porque casi me electrocuto en un cuarto durante una tormenta y sin un relámpago.

¡Voy a tener que cuidarme el estómago un poco más que lo que vengo haciendo!

No estoy acostumbrado a comer tanta comida exótica, tanto loro al desayuno, loro al mediodía, y loro a la cena.

Mi vientre no deja de hablar: ¡Pedrito, Pedito, Pedito!

Otra cosa importante: ¡Me encantan las canciones Brasileiras!

¡Son tan alegres que hacen llorar de alegría!

El otro día, cuando estaba con los indios y las alimañas en los alrededores selváticos de la ciudad de Manaos de la Amazonia, me puse a escuchar una canción por la radio y a llorar desconsoladamente.

Un Brasileiro que me observaba, al verme se echó a reír a mandíbula batiente.

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PARTE VIII

Hoy fuimos a la residencia de los tíos de Bárbara, donde se está alojando ella, y porqué no decirlo, también algunas… muchas ratas.

Un palacio en ruinas en las afueras de la próspera ciudad de Recife.

Ella, ya en los días previos, me había dicho:

_Vamos, sé bueno, vení a conocer a mis tíos.

Son algo singulares; pero simpáticos, dos amores.

Continuó:

Pasan por extravagantes.

Aunque a tío lo veas con un hacha en la mano, no le tengas miedo, porque es inofensivo, solamente la tiene para defenderse de gente como vos.

Y tía, lo más que hace, no es envenenar gatos como muchas veces se ha escrito en los periódicos; ella apunta más alto que un felino.

Le hablé de ti, mi ingeniero gatito, y te quiere invitar a cenar ya. ¿Cuándo venís?

Cavilé un momento, y le contesté:

_ Bueno, déjame ver, mañana tengo que ir a ver hospitales, el miércoles iré a visitar cementerios, el jueves vamos a ir a la morgue. ¿Sí? Entonces, diles que el viernes a la noche.

_ Hecho. Viernes a la noche. Magnífico. ¿La noche de brujas?

Me alquilaré un traje; vos también, te quedaría lindo de félido, o de vampiro, Draculín.

_ ¡Ah, no Bárbara! Yo iré, como soy.

_ Bueno, mi pirata. Estás lindo, igualmente. La pata de palo, no se nota; pero quítate el parche del ojo, que no quiero que los tíos te crean tuerto.

_ ¿A qué hora es la comida?

_ ¿Qué comida? ¿Vos?

_ ¿Qué? ¿Son antropófagos?

_ No. Que estás mi amor para que yo te hinque los colmillos. Mira qué lindos los tengo, grandes, afiladitos, amarillos pero no es sino el sarro.

Llegó el día de hoy, o sea el viernes.

Ya era de noche, y me fui para el palacio ubicado en una favela de los alrededores.

Bárbara, salió a abrirme la puerta, cuidando que no se le quedara en las manos.

_ ¡Hola, mi Micifuz! Ya Tía y Tío vienen. Entretanto, pasa, y siéntate en el piso.

_ ¿Cómo? ¿No hay sillas?

_ ¿Sillas? ¡Jajajajá, qué gracioso! Si son Japoneses. Se sientan en el piso, los nipones.

_¿Ah, no sabía? ¿Tus tíos son Japoneses?

_ ¡Cómo si lo fuesen! Se criaron en Japón, y tienen la cultura de los japoneses.

_Pero…. ¿Hablan castellano?

_ ¡Por supuesto! Y portugués. Y lunfa. Y por señas.

En ese momento, apareció la Tía, una señora vieja y arrugada, en kimono planchado.

Se plantó frente a mi, me miró detenidamente, luego dio una vuelta alrededor mío, y finalmente abrió la boca cuadrada – como si yo no contase – para con voz senil a Bárbara gritarle indignada :

_ ¡Así, que que ete individuo es tu prometido metido! ¿De dónde lo sacaste, hija?

¡Traéme la escoba, que te lo barro a escobazos! ¡Éte, no entra en nuestra digna familia!

Fue en ese momento, que irrumpió en el lugar donde nos encontrábamos, el Tío de Bárbara, mejor dicho, el Tío de Silvia.

Quien preguntó:

_ ¿Dónde está el maldito que aspira a ser yerno de mi más querida hermana?

ººººº_ (¿Era ciego? Estaba delante de él).

Bárbara, me presentó:

_ Tío, el Ingeniero Pedro Cabeza de Cuernos.

Adelanté mi mano para saludarlo, en tanto expresaba con mi cara lo desagradado que estaba de conocerlo:

_¡Encantado, señor! ¡Es un placer!

Pero el Tío me la dejó colgando en el aire, y en cambio me espetó en directo:

_ ¡Cuernos! : ¿Sabés jugar al póquer?

Respondí, la verdad:

_ No señor, jamás jugué al póquer, ni a ningún otro juego de naipes.

_ ¡Qué inútil! – la exclamación le salió de adentro, y añadió:

¡No juega al poker, ni a nada! ¡Bárbara: Qué tipo aburrido! ¡Pénsalo dos veces!

Lo peor es que si no juega: ¿Cómo lo vas a trampear?

Ella, le contestó:

_ Tío, no te preocupes que como todas para eso, yo también me sé dar maña.

Y entonces el Tío se me quejó:

_ ¡Eras mi pan de hoy! No se respeta más el medio de vida de nadie.

Con aire amenazador, después me preguntó, señalándola con un gesto que se me antojó obsceno:

_ ¿Te vas a casar con mi sobrina? ¿O sós un mujeriego más?

Y dirigiéndose a su sobrina, le dijo:

_ ¿Éste es el que se quiere casar contigo? ¿Trajo el anillo con algún diamante? Agárralo, sobrina, aún está abierta la casa de empeños de la vuelta.

Me pareció imperativo, aclarar el equívoco perjudicial para una relación saludable:

_ Yo jamás hablé de matrimonio.

Pero la rubia, me cortó en seco:

_ ¡No me gusta lo que acabás de decir Pedro!

No puede ser cierto, después de lo que hemos hecho juntos, que viene en camino.

Entonces: ¿Lo tuyo es un engaño?

Me provocó, y salté con mis verdades:

_ ¡Engaño es lo tuyo, que te haces pasar por Bárbara, y no lo sós! ¡Vos, no lo sós!

Ella, respondió rápidamente:

_ ¡Claro que soy! ¿Cómo…. qué no lo soy?

Y, agregó una pregunta con absoluta seguridad.

_ ¿Te volviste loco?

ºººº_ ¿Se me nota?

Ratifiqué mis dichos, observándole:

_ ¡No es verdad! ¡No, no lo sós! Tu documento de la cartera dice que sós:

Silvia Bella Vista de Juliao.

Juliao debe ser tu ex esposo que todavía se solazará contemplando tus lindezas notables.

Pero Bárbara me contestó, airadamente:

_¿Qué? ¿Hurgaste en mi bolso?

¡No lo puedo creer!

¿Cuándo?

Se respondió a sí misma:

¡Debe haber sido cuando el avión se cayó!

¡Mientras yo estaba en peligro de muerte, vos te dedicabas a mirar mis efectos personales, y ese documento de mi hermanastra, que por equivocación traje de más! ¿No?

Y le agarró un pequeño ataque de hilaridad:

_ Jajajajá…..

¡Silvia es mi hermanastra por parte de mamá, y Juliao es el apellido de mi cuñado!

Insistí:

_ ¡No! ¡Es igual a vos la fotografía del documento de tu cartera! ¡No puede ser! ¡Es mucho parecido!

Ella, compungida de verdad, me reprochó:

_ ¡Diría que metiste tus manos en mi cartera! ¡Qué vergüenza! ¡Mi futuro me revisa las carteras ya desde antes de casados! ¿Cómo voy a hacer con las cartas de admiradores que me lleguen?

Y me contó, con cierta indulgencia:

_ ¡Claro pavo, que somos parecidas, semejantes, diría casi iguales!

Mi hermanastra y yo salimos como gemelas; pero ella, tiene pechos menos turgentes, y piernas no tan estilizadas, y bigotes, señor sabelotodo!

El Tío le dijo:

_ ¿Te fijaste si está todo el dinero? ¡Si te falta, esta vez yo no fui!

Entonces, la Tía terció, dirigiéndose a mi:

_¡No seas imbécil! ¡No valés nada; pero ella está loca por vos!

¡Si supieras, infeliz!

Añadió:

_ Decíle la verdad. Bárbara.

Que el gil por sí solo no se va a dar cuenta.

Bárbara, se puso a gimotear, y entre sollozos confesó:

_ ¡Te amo, pichón para comerte todo! ¡Te quiero! ¡Te voy a a comer con salsa japonesa de soja!

La Tía interrumpió:

_ ¡Nosotros somos tus tíos! ¡Invitános!

Pero ella, continuó diciéndome:

_¡Te adoro desde que en la calle por casualidad un día te ví pelear a las trompadas con mi amiga Mabe!

Entonces le contesté:

_ ¡Cómo! ¿Un día?

¡Fueron todos los días de nuestro noviazgo! Nunca me dejó en la lona, siempre ganó por puntos.

¿Pero conocés a Mabe? ¡Qué lío es éste!

¡No entiendo nada!

Bárbara me respondió:

_ Sí, Mabe y yo somos muy amigas, diría que íntimas desde pequeñas.

Es mi mejor amiga, para qué sepas.

_ ¡Nunca me lo dijo! – proferí, totalmente asombrado.

Bárbara continuó lloriqueando, y confesándose:

_ Ella, está relacionándose estrechamente con su jefe del que se ha enamorado puesto que la flechó a primera tarjeta de crédito; y además, gracias a una residencia, una piscina, un yate, tres automóviles, una casa de campo, una estancia, un perro, un gato, tres chicos adorables, un parque, y un quincho.

¡No sabía como sacarte de su vida! ¡Le vine como anillo al dedo!

Me contó todo sobre vos:

Que te gustaba Lamartine,

que desde hace muchos años querías conocer a Recife,

que eras mujeriego,

que te encantaba la piza con pimienta y con mucha muzarella.

Daba la casualidad que mis tíos residen acá….

Me refirió que ya la habías amenazado muchas veces con comprar un boleto de avión y venirte, a la primera que ella te hiciera.

Y, bueno: ¡Te la hizo!

_ ¡Cuernos! ¡Ya lo sé! ¡La infiel!

_ Yo le pedí me avisara de tus movimientos….

Todos te seguimos en el automóvil del novio del trabajo…

Me entró curiosidad:

_ ¿En la Mercedes? ¿Qué modelo?

_ Coupé de lujo, último modelo. Color azul metalizado.

Sabía que ella, no me la iba a obsequiar, entonces se me ocurrió una buena idea:

_ Voy a pedir que me empaqueten uno de regalo, y me lo envíen por correo.

Continuó Bárbara contándome por todo lo que había que tenido que pasar para cazarme y/o pescarme:

_Te vimos comprar el boleto de avión.

Averiguamos el vuelo, y el asiento que te habían dado.

¡Tuve suerte! ¡Conseguí un lugar a tu lado!

El Tío, no pudo con el genio, y manifestó:

_ ¡Mala suerte!

¿Dónde está el dinero para pagar gastos?

¿Le pediste si tiene fortuna?

Bárbara le contestó:

_ Cierto Tío; pero no quise ofenderlo. ¡Ya bastante es que una como yo esté enamorada de él!

Finalizó con un:

_ Diría que: ¡Así nos conocimos!

Dirigiéndose a mi en especial, dijo:

_ Ahora: ¿Te das cuenta que no es broma, que me gustás en serio?

¡Te seguí hasta el Brasil!

¡Y te voy a seguir toda mi vida entera!

Su declaración de amor, fue a favor mío o en mi contra, de todas formas una sentencia de reclusión por el resto de la vida.

Pues los hechos relatados me convencieron de su sinceridad.

Tres días después nos convertimos en un matrimonio infeliz o feliz. ¡Dios dirá!

Grand Jovialiste (Dr. Eduardo Brieux).

FIN.

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E-Mail:jovialiste@yahoo.com

 

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