“RECUERDOS DE JOVIALISTE DE UN CAMPO SOLITARIO DONDE HOY…:¡Hay una ciudad!

AYER, EN LA FOTO: AÑO 1950. HOY AÑO 2008.
NOSTALGIA DEL CAMPO – CIUDAD – GRAND BOURG – VOLTAIRE – CANDIDE – CACAMBO HUASI – MALVINAS ARGENTINAS – PILAR – JOSÉ C. PAZ – TORTUGUITAS – EL VIVERO – KM. 34 –EL CRUCE – LA RUTA 197 – LA RUTA 8.
“RECUERDOS DE UN CAMPO SOLITARIO DONDE HOY…
¿HAY UNA CIUDAD?”
por
GRAND JOVIALISTE (Dr. Eduardo Brieux)
 
 

IMPRESIONES Y EXPRESIONES DE UN VIAJERO DE LA WORD WIDE WEB

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HOY UNA CIUDAD…
 

EPÍGRAFES:

“LAS CIUDADES DEBERÍAN EDIFICARSE EN EL CAMPO. ¡EL AIRE ALLÍ ES MUCHO MÁS PURO!” por HENRY MONNIER (1.805 – 1.877). FRASE DE JOSEPH PRUDHOMME.

“ESA PAMPA MISTERIOSA

TODAVÍA PARA EL HOMBRE,

QUE A UNA RAZA DIO SU NOMBRE

QUE NADIE PUDO DOMAR”

(En “HOMBRES Y PAISAJES DE LA ARGENTINA” por SALOMÓN WAPNIR, Ed. Claridad, Buenos Aires, 1.966)

¿RECUERDOS DE UN CAMPO ….?

Un campo.

……………………………

¿Hoy un asentamiento urbano?

Acá nomás, en dirección al norte a pocos pasos de la ciudad de Buenos Aires, más o menos a unos quinientos mil, en el km. 34 actual.

[ _¿Vamos?

_¿Estás loco? ¡Tengo un callo!

_¿Y qué hay con eso? Es un día lindo para quejarse.

_ ¡Entonces quejate que no voy! ]

En la década del treinta del siglo pasado, mi padre compró un campo de poco menos de veinte hectáreas ubicado donde hoy se halla GRAND BOURG que en ese entonces pertenecía al Partido de General Sarmiento.

[ _ ¿Hubo protestas?

_¡No, ni siquiera por los pagarés protestos! ]

Aunque no lo medí sé que el campo se encontraba a kilómetro y medio de la ruta 197, que era y es un camino pavimentado.

Por esta ruta y siguiendo derecho para el oeste se podía llegar a la localidad de José C. Paz ; pero ahora yo voy para otro lado.

José C. Paz en aquellos años era un pueblo pequeño.

¿Pequeño?

Pero con gente de gran corazón.

Poco después de pasar las vías del ferrocarril que cruzan esa ruta 197, se hallaba un camino de tierra en magníficas condiciones deplorables.

Que en teoría comunicaba con la localidad de Tortuguitas. (Te darás cuenta por el nombre que por la zona el progreso andaba algo lento).

¿Localidad? ¡Si eran unas pocas quintas de fin de semana!

Y desde ese camino de tierra a unos pocos kilómetros por la ruta 197 se hallaba EL CRUCE, llamado asi por constituir la intersección de la ruta 8 con la 197.

¿EL CRUCE?

Allí había una pulpería vetusta, y un rancho. Habían de tener cien años.

¿Nada más?

¡Doscientos! O los que quiera….¿En qué mundo hemos vivido o vivimos?

Lo recuerdo como si fuese hoy, aunque ya no lo sea por suerte para los de hoy, y por desgracia para los de ayer.

Ahí el automóvil de mi padre, que transitando por la ruta 8 venía de la ciudad de Buenos Aires, doblaba en dirección al este, y tomaba la ruta 197. ¿No había quién lo condujera?

Después de tomar la 197, los más chicos sabíamos que ya estábamos cerca de lo que mis padres llamaban “la chacra”.

¿La chacra? ¿Todo lo demás eran quintas?

Quintas, sextas, séptimas….

Ese era – y creo que lo es aún – el cruce de la ruta 197 con la ruta 8 que va para el Norte. A menos que el Norte se halla mudado por un cambio en el eje de la Tierra o por otro motivo descabellado que ya sabré cuando esté del todo calvo.

En aquella época yendo por la ruta N° 8 la localidad más próxima era Pilar .

_ ¡No, tú no Pilar! Sino una población countriada.

En ese entonces el camino de tierra que he mencionado si es que se le podía denominar camino

(Por la ruta 197 actual entrada a Grand Bourg) casi nadie lo transitaba; pero ojo que yo soy alguien.

Con excepción de los vecinos de los tres campos afincados sobre el mismo, de sus familias, y del personal.

Recuerdo que una vez por semana pasaban el panadero, y el carnicero en sus sulkys. De allí el dicho: ¡Viene alguien!

El camino de tierra en un principio estaba en condiciones intransitables para un automóvil y hasta para un carro.

Mi padre lo hizo apisonar o algo le hizo entre 1.938 y 1.945, y fue poco a poco….:¿Mejorado?

[ _ ¿A quién se le ocurrió tirar cascotes aquí?

_ ¡Qué barbaridad! Me estropean las llantas del auto.

_ Debe ser el vecino.

_ ¿De nuevo?

_ ¡Se le queda el auto!

_ Que venga sin auto.

_ Las autoridades debieran hacer algo para que quedara el barro.

_Todos tenemos derechos. Respetemos los lodazales. ]

Recuerdo que a ese camino de tierra se lo trataba de subir de nivel agregándole más tierra y material pues el automóvil de mi padre – un Buick grande, modelo 1.932 – apenas podía formar nuevos baches en el barro.

En los días de lluvia, o si en los dos o tres días anteriores había llovido, era imposible meterse con un auto en ese camino de tierra ni en ningún otro del mundo entero.

Sin embargo, había autos livianos como el Rugby de mi tío, o un Ford T, o un Ford A capaces de afrontar la prueba más o menos airosamente.

Por consiguiente, en tales días o en los muy nublados, el pesado Buick modelo 1932 solía quedar estacionado a la vera de la ruta pavimentada 197, que era muy poco transitada salvo por las multitudes de hormigas, y por algunos otros miles de insectos diversos.

A veces, pasaba una hora y no venía ni un solo auto o camión o gente a caballo o en carro o en bicicleta o en algo o algo en nada. ¿Y en bote?

Tampoco. ¡Qué cosa!

Algunos interrogantes comunes de aquellos años inusuales eran:

¿Progresará esta zona alguna vez? ¿Y progresará esta zona? ¿Y progresará? ¿Y?

La respuesta no se hacía esperar.

Y era un silencio mudo.

O: Y…. ¡Nadie lo sabe! ¡Pregúntele!

Las tierras eran altas. Pero no se veía gente alta ni baja ni mediana ni mezcla.

Solamente campo. Muy escasa edificación, apenas alguna que otra casa. ¿Qué se esperaban? ¿New York?

[ Un peón _¿Oyes?

Yo _No oigo nada.

Mi hermano _¿Qué sucede?

El peón _Alguien viene por el camino. ¡Escuchen!

Yo _ El viento en los árboles.

El peón _Ya va a llegar….

Mi hermano _ ¡En el año verde!

Yo _ ¡Está todo seco con la sequía! ¡Ni siquiera ese año va a llegar! ]

Y diez minutos después los perros se levantaban como despertados de un letargo, y se ponían a ladrar mirando para la dirección indicada por el peón.

Y a los cinco minutos ahí estaba la persona anunciada por el oído sensitivo y para los chismes de aquel hombre de campo.

¿Y cuando el camino de tierra estaba embarrado mi padre iba a pie hasta el casco del campo, y luego volvía en sulky?

O a pie. Y todo embarrado.

Algunas veces que se arriesgó a entrar con el auto o que se echó a llover fuerte mientras nos encontrábamos en el campo, el vehículo se quedó empantanado. Era un auto grande y pesado.

Y unas veces me acuerdo que se fue a la cuneta de la zanja.

Pero nunca volcó; excepto tierra y cascotes.

Eso sí han quedado en mi memoria los zizagueos escalofriantes del automóvil tratando de zafar de quedar aprisionado en los tramos peores de ese camino desierto.

¡Esa sí que era una prueba para todos! ¿Pasaría el auto por los charcos del camino?

Había trechos muy inundados. Pero por lo general o de un grado menor, el camino no lo pudo atrapar.

¿Y si se quedaba empantanado….?

Entonces tenían que traer dos bueyes y arrastrar el auto hasta una parte más firme, o hasta la misma ruta asfaltada.

De vez en cuando por allí se veía caminar a algún vagabundo o “linyera” con su atado al hombro. Y más tarde… perderse en la lontananza.

[ _ ¿O en el maizal? ¿Ese hombre dónde se habrá metido? ¿Estás seguro que se fue para la ruta?

_ Y sí. Si no los perros ladrarían….

_ ¿Qué hace a tus espaldas? ]

_¿Estoy inventando cosas? Recuerdo que una vez le pregunté a un peón quienes eran aquellos hombres que vagaban por los campos, y me respondió:

_ Son gente matrera que se fue de su casa y que ahora vive bajo las estrellas.

En aquella época estas personas se cuidaban de aproximarse a las casas debido a los perros.

Que no solamente les ladraban sino que les podían morder.

Eran perros grandes que por su sola presencia imponían respeto y que lograban que cualquier intruso se mantuviera a la distancia propia de un gran hombre.

Sin mediar una sola orden del amo estos canes estaban acostumbrados a defender el territorio del vecino.

[ _ ¡Suficiente! ¡Ustedes pertenecen a esta chacra! ¡Hábrase visto! ¡Qué bichos!¿No les enseñaron de quién son? ]

Y por si fuera poco poseían una fidelidad superlativa originada en el trato con unos pocos seres humanos en la soledad del campo. Así pasaban los años.

¡Oh, sí! Primera mitad del siglo XIX. No, no era como en los tiempos presentes.

En que una estancia, una quinta, una chacra, o una finca campestre, se puede ver invadida por una banda de delincuentes compuesta de cinco a diez peligrosísimos forajidos armados, en cualquier momento del día o de la noche.

Los que se suelen desplazar en automóviles modernos robados.

Podemos muy poco dos o tres perros y los casi siempre escasos, sorprendidos, y desarmados moradores contra una banda de delincuentes dispuestos a delinquir.

Era otra época. En ese sentido, el campo era tranquilo. ¿Suposiciones optimistas por ser retrospectivas?

De vez en cuando había algún crimen.

Enfrente estaba la parte trasera de una quinta grande que tenía entrada por la ruta 197, y que no usaba el “camino” entre comillas.

Me acuerdo haberlo cabalgado en dirección a Tortuguitas y haber comprobado que poco después de la quinta de nuestro vecino se encontraba un hoyo enorme en el terreno con un desnivel de un metro.

Por favor: ¡Qué de baches!

En consecuencia este pozo y otros tantos menores hacían a este camino de tierra totalmente intransitable para un vehículo automotor de aquellos años. Claro que no era cuatro por cuatro.

Esa puede ser una prueba que el camino no era usado por los vehículos, caso que hiciera falta alguna evidencia. Nunca se sabe. ¿Hace falta?

¿El pozo del camino por lo general estaba lleno de agua en la época de lluvias otoñales?

Y, sí, y sin decir agua va.

¿Lo llamaban el Abrevadero?

Los vecinos del camino – actual de acceso a Grand Bourg – que lo utilizaban eran únicamente los de tres propiedades.

¿Tres?

Nosotros, el vecino un coronel Campos, y otro vecino creo que de apellido Rosas.

Estimo que habitualmente no alcanzaban a dos docenas de personas las que durante todo el año pasaban por el lugar.

¿Dos docenas?

Todavía yo no sabía contar.

Y entre ellos se hallaban el coronel dueño de una fracción de tierra vecina donde poseía una finca de fin de semana (esta gente concurría solamente los sábados o los domingos), la chacra de mi padre (nosotros concurríamos solamente los domingos a la tarde), y el otro vecino que creo vivía allí permanentemente.

Al fondo se hallaba un vivero que disponía de un gran local comercial en pleno centro de Buenos Aires.

En marcha.

Ya sea para el lado del Talar de Pacheco como para el lado de El Cruce y de José C. Paz, y más que nada para el lado de Tortuguitas. E incluso para el lado que me falta, que creo recordar que era Los Polvorines, o algo así.

¡Los Polvorines! Eran unas pocas casas. Ni siquiera un pueblo. Se recorría en un minuto.

Todo era campo.

Recuerdo que uno de los primeros loteos tal vez en el año 1.948 fue el de un campo grande sobre la ruta 197 denominado LA PRIMAVERA, que por lo menos por unos años tampoco cambió el panorama desierto de la zona.

La vivencia personal de la vasta soledad del campo o sea de la pampa produce en el alma del hombre (si lo es), un SENTIMIENTO NATURAL muy parecido al que se vive con el mar.

Me refiero a aquel entonces, pues hoy en día es todo ciudad o campo fracasado.

Y produce un SENTIMIENTO ARTIFICIAL, especialmente si vas al cine a ver actrices maquilladas.

Y los que me conocen personalmente, saben que amo el mar.

¿Yo?

¿Amo el mar? ¿Entonces, también el campo?

¿En este estado de memorioso?

¿Me he trasladado a aquellos años?

De horizonte a horizonte y por todos lados no se divisa nada más que la llanura de verduras o de tierra , los cardos, las plantaciones, y la tierra, solamente la tierra. Algún cacto. ¿O es una tuna?

El hombre es el centro de ese paraíso y el humo de su cigarrillo el de su expulsión.

En el campo además de la belleza visual el aire está limpio y corre sin la traba de los altos edificios modernos o del futuro próximo.

Y si bien hay vegetación, se filtra entre las hojas produciendo un murmullo o un rumor.

_Pero la correa del ventilador ya está arreglada.

¡Caramba! Uno aprende a entender la pureza y la sencillez de la Naturaleza, y a vivenciar el estado de inocencia terrenal llena de pecado original y de algún otro.

Qué hermoso desde la cama es temprano despertar con el piar y con el canto de los pájaros, o que ellos se despierten con nuestro despertador.

Y mejor aún es levantarse con esa música natural, y mucho mejor es no levantarse y quedarse haciendo nada.

Qué se venga la plantación abajo. ¡Qué me importa! ¡Y qué se callen los bichos!

Pero los más chicos debíamos salir de la cama, asearnos, y durante la mañana recoger ramas y ramitas caídas para alimentar el fuego del fogón.

En cambio, qué susto nos daba oír los truenos de alguna tormenta fiera.

Y oír el formidable estruendo de un rayo que como una bomba aérea caía en el molino cercano.

¿Y en los días de lluvia qué dulce era escuchar el crepitar de las gotas que caían en el pasto o en la tierra, hora tras hora, a veces día tras día, y varios días, o más?

¡Cuándo iría a parar! No hacía más que caer agua….

Ya van para tres meses de lluvias…..

¿Y cuando soplaba el viento?

¡Oh embeleso! En lo pleno del verano se sentía como un azote cálido en la cara.

¿Cuándo dejaría de soplar?

Y en lo crudo del invierno, uno tiritaba de frío como el tatarabuelo, el que se murió de pulmonía.

En invierno se suele sentir. Pero es más por la velocidad del viento y por la intensidad baja de los rayos del Sol.

En el campo de noche uno duerme con el sueño de los justos. El cansancio hace lo suyo. Tal como le digo, y me voy a dormir que mañana amanece temprano.

Hay otros días como en el mar que son confortables y de calma chicha. Demasiado chicha. Y se añora la lluvia, o el cambio. Y cuando llega se vive como un milagro, o como una gracia especial.

Muchas veces en verano la gente se interroga a sí misma: ¿Cuándo lloverá?

Las palabras suelen ser siempre las mismas, generación tras degeneración.

¿La lluvia suele hacerse desear?

_ Don: ¿Hasta cuando durará la sequía y el encanto de la falta de agua para bañarse?

Claro, eran otros tiempos, sin electricidad, sin teléfono, sin celular, sin Internet (increíble), sin periódicos, sin radio y sin televisión,

y casi sin nosotros, si algunas veces no ibamos a la chacra.

A mí siempre me pareció que la tierra del campo está cerca del cielo celeste.

Pues….¿Por qué?

Por ejemplo, al contemplar una flor. Es todo un espectáculo.

Especialmente, si no tienes otra cosa qué hacer.

_ ¿No tienes nada qué hacer, que ponerte a ver esa flor? ¿No te aburre horas y horas? ¿Y tus lecciones cuando las vas a estudiar?

Parece estático y aburrido. No hay movimiento.

¿No lo hay, o no lo vemos?

De lo segundo puedes estar seguro.

[ _ Se pasa hora y horas. ¡No sé qué ve!

_ ¡Es un contemplativo!

_ Claro. Pero mejor sería que fuera a dar de comer a los cerdos.

_ No lo quieren en el chiquero. Salvo que entre un segundo, y luego ponga pies en polvorosa.

_ ¡Qué les de desde afuera! ]

Pero en eso, de improviso uno presencia que un picaflor viene a libarla.

Naturalmente, uno se aleja unos pasos. O aprovecha para ir al baño.

[ _ ¡HACE DOS HORAS QUE OCUPA EL BAÑO!

_ Se está bañando.

_ ¿Y el picaflor que lo espera? La hora en el aire cuesta.

_ Avísale que no comience el show.

_ ¡Pajarito: El nene ya está por volver! ]

Y el pajarito se suspende en el aire y se manifiesta la total magnificencia del reino natural.

Otras veces no se ve nada en el campo. Solamente la tierra o con pastos o con cardos, y alguno que otro ombú que no se mueve de allí.

“CADA COMARCA EN LA TIERRA

TIENE SU RASGO PROMINENTE:

EL BRASIL SU SOL ARDIENTE,

MINAS DE PLATA EL PERÚ,

MONTEVIDEO SU CERRO;

BUENOS AIRES, PATRIA HERMOSA,

TIENE SU PAMPA GRANDIOSA;

Y LA PAMPA TIENE EL OMBÚ”.

“¡EL OMBÚ! NINGUNO SABE

EN QUÉ TIEMPO NI QUÉ MANO

EN EL CENTRO DE AQUEL LLANO

SU SEMILLA DERRAMÓ.

MÁS SU TRONCO TAN NUDOSO,

SU CORTEZA TAN ROÍDA,

BIEN INDICAN QUE SU VIDA

CIEN INVIERNOS RESISTIÓ.”

(Fragmento de “EL OMBÚ” poema de Luis L. Domínguez)

El ombú, y los cardales…. Cardales altos como un hombre. Y para poder sembrar había que desmalezar el terreno. Con coraje y trabajo duro.

Hay un conocido “mal de la montaña” y hay un “mal de la puna” que se deben a la disminución del oxígeno en el aire.

Y en la pampa en muy raras ocasiones hay un “mal del campo”, que se puede deber más que nada a la acción del viento norte.

Pero como escribió MARCOS SASTRE (1.809-1.855):

“EL OMBÚ ES EL ÚNICO OBJETO QUE SE ELEVA SOBRE LA DILATADA PAMPA, DESTRUYENDO LA MONOTONÍA DE ESE OCÉANO DE VERDURA”.

Y en la ciudad en cambio oímos:

_No se aglomeren. ¡Vamos! ¡Vamos! Circulen. ¡Muévanse!

De esa creación divina EUGENIO CAMBACÉRES escribió: “LA PAMPA ME HACE EL EFECTO DE SER EL PEDAZO DE TIERRA MÁS BESTIALMENTE MONÓTONO QUE HAYA INVENTADO DIOS”

En pag. 85 de EL HUMOR DE LOS ARGENTINOS por LINO PALACIO.

Pero contemplar el campo produce una impresión mística que resulta fácil de leer y difícil de transmitir.

Pero también de noche. Empiezo a flotar.

Se suele ve el cielo tachonado de estrellas. ¿Liz, Marilyn, Madonna….? ¡Estrellas, estrellas, estrellas!

[ _ Siéntese forastero.

_ No hay donde sentarse.

_ ¡En la tierra, hombre!

_ No veo nada.

_ Ahí.

_ ¡ME SENTÉ SOBRE UN SAPO! ]

Uno se sienta y ve la esfera negra con todas esas lucecitas. Miles y miles. No todas son primeras figuras.

Y en la mente se acerca a otros mundos imaginados y posibles tan distantes que parecen imposibles e imaginados. ¿Y pagan justos por pecadores?

La vía láctea es alegre y divertida y se muestra en todo su esplendor como si fuese Hollywood.

Y allá en el horizonte por la luz que viene de allí se adivina la presencia de la ciudad allende una treintena de kilómetros. (¡HOY EN DÍA SE HA TRASLADADO Y ESTÁ EN ESTE CAMPO! COSAS DEL PROGRESO)

Y en las noches con Luna, ésta se muestra con toda su belleza pálida.

Y asistir al amanecer o a la puesta del Sol es como participar de algo esencial del día y de la misma vida si no te has muerto en el entretanto.

Ese instante suele durar una media hora, es decir más o menos mil ochocientos instantes o en días de yapa algo más. Y uno lo puede saborear lentamente. Ya que no te cobran tarifa por tiempo.

Y los crepúsculos son un espectáculo. Y no se paga entrada. ¿No es demasiado?

Además por la tierra se ven transitar animales diversos aunque no nos vemos.

Culebras, sapos, víboras, ranas, cuises, hormigas, y otros insectos.

Pasa un escarabajo.

¡No lo molestes! Respétalo. Es un insecto que trabaja.

¡Cuídate de las moscas, y de los mosquitos! Estos insectos suelen estar agremiados en enjambres.

Una vez, siendo muy chico, me topé casi cara a cara con una víbora que luego supe era la venenosa de la Cruz. Grité, y por suerte me oyeron, y dieron cuenta de mi.

Y me pusieron a la sombra.

Por lo general, a las que encontraban las colgaban del alambrado para que las secaran los rayos del Sol.

Por el aire vuelan pájaros y cantan o emiten sus chillidos. ¿O estoy soñando?

No. Para nada. Lo estoy viendo. En este mismo momento.

¡Santo Dios! Y hay abejas. Y no faltan mariposas. ¿Qué me he tomado?

Y a la madrugada uno contempla el rocío. Que luego se evapora. No te deja ni un poco de agua. ¡Qué mezquindad!

Y a esa hora comienzan las tareas o mucho antes.

A la primera lucecita del alba…. ¿Trabajadores los hombres? Se aprovecha la luz diurna hasta la última antes de la noche.

No sólo de carne se vive sino de la luz del Sol.

Se dice que en un campo uno puede aprovisionarse con la propia producción.

Es relativo. Depende de los años y de las condiciones climáticas y ecológicas.

Pues hay años que un campo puede ser asolado por diversas plagas, entre ellas mi estadía para las vacaciones.

Las plantaciones se secan o los cultivos de la huerta se dañan o a cada rato los piso, otros en que a los frutales los ataca el bicho canasto o me como todas las frutas, otros que llueve demasiado o se inunda (¡Te prometo que la próxima vez cierro la canilla!), otros que las gallinas se mueren por una epidemia (¿Qué soy? ¿El zorro?)

….¿No hay una sola buena?

Y en el comienzo de la oscuridad diaria se prende el fogón, y ay uno se quema los dedos.

Y se pone una pava, y el agua ya hierve y se toma la bombilla tapada con el mate.

_¿Amargo o dulce?

_ ¡Amargo, a lo criollo!

_ Yo lo tomo dulce.

_¡Gringo!

Y

después se come.

No hay nada: La gallina hoy no puso. O una comadreja nos ganó la partida.

_¡Andá a buscar mandarinas al mandarinero!

_ ¡Si se las comieron los pájaros!

_ Entonces, traete unos damascos.

_ ¿Llenos de gusanos?

_ ¿Manzanas?

_ No. Están verdes.

_ ¿Duraznos?

_ ¡Están todos picados!

Y de vuelta a la cama hasta las primeras luces del alba.

¿Del alba? ¡Qué embromar con cuentitos rosas! ¡A veces, sin permiso me quedaba en la cama!

Las nubes, la lluvia, el viento, las langostas, las avispas, los abejorros, las moscas, etc aportan lo suyo de las otras facetas de la vida natural que te la regalo.

A veces la temperatura desciende mucho y durante la noche o a la madrugada se produce una helada., lo que obviamente perjudica a los cultivos, y a uno que no tiene ganas de salir de las colchas.

Y además suelen ocurrir fenómenos paranormales aún no explicados (¿Soy sonámbulo?); pero que la gente comenta

entre sí.

Por lo general en voz baja, y con reserva.

_ ¿Cómo se llamaba aquel tipo que viste las otras noches viniendo ya tarde del campito?

 

_ ¿El Innombrable?

_ ¿Y el campito?

Un paraíso.

Ay, el que yo conocí: Perdido.

Mail aún no recibido: “¿Perdido? Vivo en Grand Bourg, y allí en la ciudad la paso muy bien. No hay como una ciudad. Usted es un retrógrado. Vuelva a su pago.”

Otro mail:”¿Perdido? ¡Perdido vos! Qué suerte que pavimentaron. Antes me embarraba. ¡Ya te quisiera ver en la tierra, nostálgico del barro!”.

Otro….:”¡SE NOTA QUE NO TE LUSTRAS LOS ZAPATOS TODOS LLENOS DE TIERRA! Y que te gustan los abejorros.”

 

Justamente, como lo sospechaba: Otro mail…..(Por razones de espacio y especialmente de tranquilidad interior, no se transcriben más los mailes a recibir).
¿El progreso?: Dura lex sed lex: La ley es dura pero es la ley de la vida.
Porque dónde estaba aquel campo ya hace un tiempo algo largo hay una verdadera ciudad a la que no le faltan los problemas no bucólicos. Y los semáforos. Y hasta los organismos públicos.
Por esto, rara vez vuelvo a ese lugar. Para no llorar. ¿O para no reír?
Donde se cazaban patos hoy hay un agente de policía. ¿Para vigilar la caza furtiva? No. Pero sí para atrapar malhechores, aunque nunca incursionemos esa zona.
Pero aquel recuerdo de la niñez y de la adolescencia suele volver obsesiva y recurrentemente (Tendré que ponerle un impuesto disuasivo).

Y veo en mi mente todo como era en ese entonces, y siempre revivo algunos momentos.

Claro. Algunas veces entro en razón.

“El Sol sale para todos”.

Por la calle donde hoy hay luces de mercurio, y continuamente transitan muchos autos y peatones, caminaba yo libremente o encadenado en carnaval, e iba a caballo o el caballo se iba solo después de tirarme al suelo.

Y durante todo el día no pasaba nadie, excepto alguien que lo viera.

En todo el perímetro de la quinta de mi padre se plantaron árboles. En el fondo paraísos, en uno de los lados aromos, y en el otro naranjos.

En el frente había una hilera de hermosísimas casuarinas australianas que crecieron muy alto.

Era un espectáculo ver esos nobles árboles elegantes en toda la extensión de unos trescientos metros que tenía el frente de CACAMBO HUASI.

Por casualidad, un jinete a caballo.

[ _ Nene: ¿Para allá qué hay?

_ ¿Allá a lo lejos, señor? ¡Tortuguitas!

_ ¿Y para allá?

_ No sé. Campo. ¿Hay algo para el fin del mundo? Le voy a preguntar a mi papá. ]

Allí no había ni casas de comida, ni restaurantes, ni siquiera una pulpería o almacén de campaña para tomar un traguito de ginebra, mi amigo.

La pulpería más cercana estaba sobre la ruta 197 a mitad de camino hacia EL CRUCE, a unos cinco kms. de distancia.

Un peón me llevó allí una vez.

Era un almacén de campaña, con una separación entre las mesas donde el paisanaje bebía y hablaba, y el propietario de ese universo.

Me acuerdo que uno de los hombres estaba embriagado riñendo. Errar es humano.

La separación era un enrejado. El dueño vendía a través de los barrotes.

Pero cerca ni un simple negocio para comprar un poco de tabaco para el vicio.

Aquel caballo no era un caballo sino era una yegua mañera.

¿Qué quería conmigo? ¿Arrojarme al suelo? Y yo “no quería morir de cornada de burra”.

A mitad del camino de tierra mal descripto ya se quería volver para la chacra para holgar y comer, y para contarle a los otros animales lo que había sucedido.

Todavía en aquel tiempo el hombre se vestía con el ropaje del gaucho, no el de la ciudad, y no marchaba a lo citadino.

Usaba bombachas negras, un sombrero negro, una camisa blanca, y atado al cuello un pañuelo.

Y a veces un singular chaleco negro diría algo corto. Y un chiripá. Las botas solían ser negras como el abismo del alma humana.

Y en los días de fiesta los caballos soberbios que se montaban ostentaban las mejores monturas, los más nuevos bozales, las fustas impecables, y los estribos relucientes, y montado uno podía observar al recio y varonil gaucho de siempre.

Muchas veces los aperos eran confeccionados con el mejor cuero trabajado y se los ornaba con adornos de plata, índice de un orgullo legítimo por la excelencia de la cabalgadura.

¡Y en donde ya está todo orgullosamente urbanizado corrían humildes y gráciles liebres entre la vegetación vanidosa de su verdor!

Y se veían los sapos, y algunas pocas veces las víboras. La mayoría serían culebras.

Y hasta se cazaban patos silvestres.

Se oían los grillos…! Y en algunos días el aire se llenaba de aguaciles sin placas. Désen prisa, viene lluvia.

¿Había pájaros, y lechuzas?

Una efigie de Voltaire. ¿Y Rousseau y Kant?

Y durante dias y días no se veía una persona diferente que la de los pobladores escasos.

¡Caracoles! Y sí. (¡Hitler de incógnito en Argentina! A no ser que fuera otro.)

Pero de improviso asolaba el campo una manga de langostas. ¿Los amigos para el asado de los domingos?

No. Venían no se sabía de donde. Y permanecían hasta que no encontraban nada que comer. ¡Ni dejaron para los perros! No las invites más.

Esto… a 34 kms. escasos del mojón cero de la plaza del Congreso, en la ciudad de Buenos Aires.

En aquella explotación agropecuaria había algunas vacas lecheras y hasta una llamada Aurora.

[ _ ¿Me permite que la ordeñe?

_ Muuuuu, ahora no que estoy pastando.

_ Espérese un poquito, que hago rápido. ]

Y en una fábrica interna se elaboraba el rico queso camembert marca registrada CACAMBO HUASI, que se vendía en la localidad de José C. Paz (una ciudad), en el pueblo de Pilar (hoy otra ciudad), y en la ciudad de Buenos Aires (¿Hoy un pueblo?).

Se solía tomar la leche recién ordeñada al pie de la vaca.

Es una leche leche, muy espesa y difícil de digerir pues no está rebajada con agua de lechero que mete la mula. ¡Pero muy rica! En tanto, te aguante el hígado.

Ya nos veremos en el pabellón del hospital.

Y también se producía dulce de leche, y un exquisita miel de abejas, líquida y sólida.

Una de las actividades que se podía hacer era cabalgar.

Y correr por el campo.

Y pasear, que era más sencillo.

Me lo contaban los pajaritos: Y cantar.

En un estanque, por un molino de viento abastecido de agua, solía haber unos pocos peces seductores que acaparaban nuestras miradas infantiles.

Siempre recuerdo que hubo perros cuando miro mis pantorrillas mordidas.

El primero fue uno grande llamado Zambo, y su compañera una ovejera alemana llamada Diana.

Esta pareja de perros tuvo cachorros; y también allí vivieron otros perros, en toda la zona afamados como ¡Cuidado con la Jauría de la chacra aquélla!

Y por supuesto, gatos, varios, hasta una o dos docena de felinos.

¿Y jaguares? Ya para ese entonces, no.

El nombre de la chacra o quinta era Cacambo Huasi – en homenaje al personaje de la

novela Candide, o Cándido (en castellano), de Voltaire. Así se llamaba.

¿Voltaire? ¿Qué hacía Voltaire en lo que pasando los años estaba destinado a ser una parte del poblado de Grand Bourg? ¿Cómo se las arreglaba allí?

Y los productos elaborados eran marca registrada Cacambo Huasi.

Voltaire de la lejana Francia jamás se lo habrá imaginado. Que en la Argentina alguien iba a recordar a uno de sus personajes, el indio Cacambo Huasi. ¡Son sorpresas que depara el destino!

Asimismo se cultivaba algo de maíz, de girasol, y se producían huevos de

gallinas honestamente ponedoras blancas.

¿Recuerdo que había dos incubadoras? ¿O era una?

Y unos quince gallineros modelos con varios miles de gallinas.

¿Quince? ¿O fueron veinte? ¡Qué importancia puede tener la cantidad! ¿Treinta?

¡Colorado al….!

P

ara que las gallinas pusieran los huevos se prendían las luces internas de los gallineros en mitad

de la noche, y dentro de los mismos había estufas de querosén.

También me acuerdo de una campana que a mediodía llamaba a comer. ¿O alguien la tocaría?

Entre la fauna de la época recuerdo haber visto liebres, teros, víboras, culebras, murciélagos, lechuzas, gavilanes, torcazas, gorriones, jilgueros.

En algunos corrales había gansos. Y como siempre por supuesto fuera.

En otro patos, en otro pavos, se habían construido varias conejeras, un chiquero con chanchos, y un palomar con cientos de palomas.

Hablando del chiquero y de mi, debo decir que el cerdo es un animal friolento, y parece algo estúpido.

Parece, porque no lo es.

Suelen irritarse y ponerse furiosos. Y es peligrosísimo.

Especialmente lo es la cerda en el momento del parto.

Pero esto yo no lo sabía cuando era chico.

Y a veces entré en el chiquero, y lo disfruté como un puerco más. ¡Qué lindos animalitos!

Y fui perseguido por los diez o doce cerdos que vivían allí. ¡Dios, cómo te corren y te quieren torear!

¿Cómo no pasó mayormente más que un susto, y ahora estoy aquí?

Pues por mi prudencia: No. Como dice el dicho: “La culpa no es del chancho sino del que le da de comer”.

Tal vez porque era ágil y joven, logré escapar rápidamente. ¡Cerdos desgraciados!

O quizás la Providencia me auxilió, sin que me diera cuenta.

De las dos posibilidades que se me ocurren objetivamente hoy en día me inclino más bien por la segunda.

Se dice que el cerdo es muy inteligente, tanto o más que otros animales. ¿Inteligencia común? ¿O lúcida? Un día de éstos hablo con uno y luego le digo mi sucia impresión.

Incluso hay quien afirma que ha enseñado a leer a un cerdo, y a señalar con la pezuña en un reloj la hora del día. (Fuente:En pag. 8 del libro “LA CRÍA DEL CERDO” por Marchi-Pucci, Gustavo Gil editor, España, Barcelona, 1.921).

En un sector estaban las colmenas. Pues se confeccionaba miel y cera de abejas. Recuerdo las máquinas para prensar los panales.

Muchas flores y mi cabeza para libar. Cada vez, mejor.

Estos bichitos polinizadores son muy laboriosos ; pero pican. Y a veces las hormigas que son himenópteros y sus parientes, asolan las colmenas o vienen muchas.

Y obviamente, perjudican la producción de la miel.

Las vizcachas eran temibles porque construían bajo el suelo de la tierra una red de madrigueras con varias salidas a la superficie. Y se las combatía hablándoles de la inconveniencia de agujerear los suelos donde se pisa.

Voy a batir el parche: Este animal duerme de día y sale a cazar por la noche.

Y claro que no faltaban las comadrejas visitantes; pero la producción útil de la ” chacra ” además de estos enemigos naturales contaba como toda la actividad granjera de aquellos años con otros adversarios dañinos que se instalaban en los gobiernos.

En consecuencia no era un

negocio comercial suficientemente rentable. Si no, no seríamos millonarios. ¿Qué millonarios? Multimillonarios.

Y mi padre, que no le

podia dedicar mucho tiempo ya que estaba ocupado en su trabajo

de Ingeniero a cargo de la dirección de uno de los departamentos de la compañía de electricidad de la ciudad la vendió allá por la década del cincuenta.

No quiso saber más nada. ¿Se hartó? En absoluto.

Por esos años se acostumbraba expropiar campos en nombre del bien común.

N

o se sabia bien de quienes.

Y la granja modelo constaba de muy buena

tierra, realmente fértil, y codiciable por las mejoras,

muy arbolada, con especies raras y hasta exóticas para la

Argentina.

Hasta gomeros, robles, lapachos, acacias, y…..¿Etc, etc?

Una vez un ingeniero agrónomo me dijo que era imposible que alguien en estas tierras cultivara especies no autóctonas.

¿Ah, sí? Y, sin embargo crecieron muy bien. Soy testigo.

Evidentemente, éste profesional no era un visitante asiduo del extraordinario jardín Botánico de la ciudad de Buenos Aires donde crecen tantas especies vegetales exóticas.

Otro, que no era especialista, en cambio me dijo: “Tiras al voleo una semilla en la tierra de la pampa y crece cualquier especie”.

Es la verdad. Pero no hagas la prueba porque antes se la come un pájaro. No son tontos, sabes.

¿Cómo era la vida en el campo en otros tiempos?

El gaucho construía un rancho al lado de un ombú, y no plantaba ninguno otro, ni tampoco árboles.

No cultivaba, ni criaba ganado.

El ganado vagaba libremente en cantidades fabulosas por la pampa.

Millones y millones de cabezas andaban por esa inmensidad grande como el territorio actual de Francia como lo explico en mi libro “EL LIBRO DEL SECRETO DEL ÉXITO DE LOS ASADOS ARGENTINOS DE LOS DOMINGOS”

(En realidad debí ponerle RIOPLATENSES; pero no estaba seguro que en Uruguay y en Rio Grande Do Sud el asado fuera tan popular como en el territorio de la Argentina)

http://personales.ciudad.com.ar/brieux

¿Y luego?

Estimo que muchos campos permanecen como explotaciones comerciales de soja, de maíz, de lino, de trigo, o como unidades de producción de ganado vacuno, ovino, caballar, etc; pero no se plantan casi árboles, ni frutales.

Suelen ser campos sin mejoras, ni siquiera de arbustos o de vegetación ornamental.

De los árboles más o menos raros o no usuales bajo estos cielos sureños no recuerdo los nombres pero que haber los había, y yo diría unas cien variedades y algunos cientos de ejemplares diversos.

Recuerdo las chirimoyas, las higueras, los laureles, los durazneros de varias variedades.

Los naranjos, los de mandarinas, los damascos de ramas frágiles, lo ciruelos, los bananos que no daban bananas debido al clima fresco pero sí ornamentaban con sus hojas, los palos borrachos, los paraísos, los aromos, los perales,los nísperos, los ombúes, un bosque de tacuaras, los mimbres, un concua o kinoto, los manzanos de varias variedades, un vecino goloso.

Las palmeras, un bosque de paraísos, y los cipreses, y una hilera de doscientas enormes casuarinas australianas, los eucaliptos, etc.

Ahí me di cuenta de la gran utilidad de los árboles para el hombre. ¡Ellos sí que hacen el campo mejor que óregano!

Y también para confeccionar una buena

ensalada de

fruta, o para protegerse del Sol, con un considerable

ahorro en los gastos en crema de filtro solar.

H

abía dentro del campo dos parques, bien

dibujados, con caminitos internos. Para pelear se necesitan dos; pero se llevaban bien.

¡Y brillaban por presencia!

De todas maneras cada especie botánica contaba con su cartelito

metálico plantado con una varilla en la tierra cercana,

con el

nombre botánico en latín, y el nombre vulgar, y el país de origen.

Alguna vez pensé en estudiar agronomía, qué locura;

pero la citada experiencia económica me alejó de esa idea, pues no quise tropezar dos veces con la misma piedra.

¿Qué suerte para el campo?

Tampoco, hay que exagerar, pues tienen buenos y malos años.

Desde la ciudad, el campo parece ser castigado por los elementos.

¿Y muchas veces por ciertos seres elementales de las ciudades que

no se dieron cuenta que representa una importante fuente de bienestar y de riqueza?

¿No se ha de permitir que prospere el campo y la gente que vive de esa actividad?

Siempre me ha apenado conocer esta manera de manejar incultamente los asuntos del país, que podría estar

mucho mejor, teniendo como tiene la mejor tierra del mundo.

¿La mejor tierra del mundo?

¡LA MEJOR TIERRA DEL MUNDO! ¿Y cómo es la restante?

¿Es una frase vanidosa, o es una verdad?

La proximidad de los vegetales parece ser que es

beneficiosa para la psiquis degradada y en general para la salud estropeada del hombre, no

solamente porque producen oxígeno, sino por sus propiedades

radiónicas.

¿Radiónicas?

Que serían benéficas, especialmente la de los

árboles grandes y coposos.

Es algo que he leído, y en lo

cual podría llegar a creer, pero estimo que no tiene

confirmación de

carácter

científico ni no científico.

No obstante, pudiera ser que esta materia vegetal voluminosa – que está viva – se cargara de electricidad por la acción del viento que frota las hojas. ¿Para que tenga calor?

Y, aunque esa electricidad (¿estática?), puede tener salida a tierra a través de las raíces porque es sustancia cargada de agua; sin embargo de alguna manera pudiera influirnos. O no.

¿Psicológicamente?

Alguien sostiene que por la parte afectiva, o por la psíquica.

Otros hablan de un aura humana y de otra aura vegetal que se ponen en contacto cuando uno entra dentro del paraguas de la copa del árbol.

Hasta se aconseja abrazar a un árbol, y además de expresarle nuestro reconocimiento por compañía o por su hermosura o por la utilidad que nos brinda su sombra o por su presencia o por la telaraña, y en el lugar tomar contacto directo con esa “energía” o lo que sea.

Se dice que los vegetales son seres que sienten a su modo y mucho.

¿Puede ser cierto?

¿Alguien lo sabe?

Yo no digo no, ni sí.

Porque no lo sé.

Lo que si recuerdo es que el campo verde luego de llover se pone mojado y se llena de un delicioso aroma a pasto, y

este hecho, que esta atmósfera nos haga sentir bien, o nos parezca placentera,

puede

ser por la influencia biológica satisfactoria que produce en nuestro

organismo.

¿Cómo tener muchas ínfulas?

¿Iones?

¿Aroma?

¿Satisfacción ancestral por la lluvia caída?

¿Cambios eléctricos?

¿Radiación de la clorofila?

¿El reflejo de la luz solar?

¿El verde más verde, color que activa en nuestra mente recuerdos inmemoriales de tiempos de bonanza y de comida aunque sea de las hojas?

Y este hecho tal vez pueda influir en la psiquis y en la sensación consiguiente de satisfacción y de bienestar.

Seria interesante saber las razones, o conocer el mecanismo. Pero pierdo.

No lo sé.

¿No lo sé?

Esto último no lo sé.

Si uno se coloca a descansar, relajándose, en una reposera

en un bosque o grupo de eucaliptos añosos, al cabo de un

tiempo se siente una indefinible sensación por bajo cuerda. ¿Qué?

¿El descanso?;

¿…?

¿La madre del borrego?

¿Pero cabe

pensar que puede ser por el olor del eucalipto, sustancia

que penetra en nuestro organismo a través de la

respiración?

¿De todas maneras, hay quienes sienten dolor de

Cabeza, y pueden desmentirlo? ¿Y no tenerlas todas consigo?

¿Tal vez por haber creado alguna alergia?

¿Tal vez no?

¿Cada árbol despide olores, y en ese sentido seria el dominio el de

la aromaterapia; pero cabe sospechar que la cosa no debe

ser tan simple; puede ser que haya algo más, que nos relaciona con

los vegetales ¿O tocar madera?

Está amaneciendo. Y desde mi ventana ya no veo el campo, sino una ciudad.

Grand Jovialiste (Dr. Eduardo Brieux)

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E-MAIL:jovialiste@yahoo.com

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